Mensajes intimidatorios obligaron a suspender actos y actividades en varias instituciones. La comunidad educativa exige respuestas y protección frente a un escenario que se repite con inquietante frecuencia.
En la mañana nuevas amenazas anónimas llegaron a distintas escuelas, obligando a suspender actividades previstas con estudiantes. Lo que debía ser una jornada de convivencia y aprendizaje se transformó en un clima de tensión, con directivos y docentes tomando decisiones rápidas para resguardar a los alumnos.
Los mensajes, difundidos por canales digitales, advertían sobre posibles hechos violentos. Aunque las autoridades no confirmaron riesgos concretos, la sola circulación de estas intimidaciones bastó para que se activaran protocolos de seguridad y se cancelaran actos escolares.
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La imputación por violencia de género y tenencia de arma de fuego coloca al exsubsecretario de Justicia en el centro de una causa que aún analiza delitos más graves denunciados por su expareja.
La situación no es aislada: en las últimas semanas, varias instituciones educativas mendocinas recibieron amenazas similares, generando un patrón que preocupa tanto a la comunidad como a las autoridades. Padres y madres expresaron su malestar, reclamando que los chicos no pueden ser rehenes de un clima de miedo que interrumpe su derecho a la educación.
La Justicia provincial ya investiga el origen de los mensajes, intentando rastrear responsables y determinar si se trata de acciones organizadas o de imitadores que buscan sembrar caos. Mientras tanto, el Ministerio de Seguridad reforzó la presencia policial en las inmediaciones de las escuelas, aunque la sensación de vulnerabilidad persiste.
En los pasillos vacíos, los docentes reflexionan sobre el impacto emocional que estas amenazas tienen en los estudiantes. "No es solo perder clases, es convivir con la idea de que alguien quiere dañar tu espacio de aprendizaje", comentó una maestra.
La crónica de este día deja en evidencia que la violencia simbólica también paraliza: no hace falta un hecho consumado para quebrar la rutina escolar. El desafío ahora es recuperar la confianza y garantizar que las aulas vuelvan a ser un lugar seguro, sin la sombra de mensajes intimidatorios que interrumpan la vida educativa.