El dólar se proyecta estable y corriendo por debajo de la inflación, pese a que los argentinos lo siguen eligiendo para ahorrar. Qué hacer con los billetes
Durante décadas, atesorar dólares fue en Argentina sinónimo de protección. Cada vez que el peso se derrumbó -1989, 2001, 2018, 2023- quienes tenían sus ahorros en moneda extranjera salieron mejor parados. Esa memoria colectiva construyó un reflejo casi automático: cuando hay pesos sobrando, se compran dólares.
Sin embargo, el escenario macroeconómico de 2026 presenta una novedad: el dólar está quieto, o casi. El tipo de cambio oficial avanza a un ritmo controlado -en lo que se conoce como crawling peg- y los pronósticos del mercado sugieren que esa estabilidad continuará, al menos en el corto plazo.
Esto plantea una pregunta: si el dólar rinde menos que la inflación, ¿tiene sentido seguir ahorrando en verde?
El Banco Central de la República Argentina, a través del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), concentra las proyecciones de las principales consultoras, bancos y analistas del país. Para diciembre de 2026, el consenso apunta a un dólar mayorista en torno a los $1.700, lo que implica una suba anual de aproximadamente el 19%.
El problema es que esa cifra queda muy por debajo de la inflación esperada para el mismo período, que los mismos analistas ubican en torno al 30%. En términos reales, el dólar pierde poder adquisitivo frente a la canasta de precios locales.
El mercado de futuros de dólar en el ROFEX confirma esta tendencia: los contratos a diciembre cotizan en línea con las proyecciones del REM, sin anticipar saltos bruscos. Esto no significa que el riesgo cambiario haya desaparecido -nunca lo hace del todo en Argentina- sino que hoy el mercado no lo está pagando.
En el corto plazo, mantener dólares ociosos implica resignar rentabilidad real. Los instrumentos en pesos -tanto a tasa fija como a tasa variable indexada- pueden superar al dólar en escenarios de estabilidad cambiaria. Quienes solo atesoran billetes no solo no ganan: pierden contra la inflación.
"El argentino no ahorra en dólares por lo que pasa hoy, sino por lo que cree que puede pasar mañana."
La respuesta no es económica en sentido estricto: es psicológica e histórica. Argentina tiene el récord mundial de mayor cantidad de dólares físicos en manos de particulares fuera del sistema bancario, estimados en más de u$s200.000 millones. Esa cifra dice mucho sobre la desconfianza estructural en el peso.
Cada generación de argentinos tiene al menos un recuerdo traumático asociado al sistema financiero local: el Rodrigazo, la hiperinflación del "89, el corralito del 2001, la corrida del 2018 o la brecha cambiaria de los últimos años. Esa historia pesa más que cualquier proyección del REM.
A eso se suma una lógica de cobertura: el dólar no necesita ser el activo más rentable del año para justificarse. Su valor está en lo que representa como seguro ante escenarios extremos. Si el peso se devalúa abruptamente -algo que siempre está en el horizonte de posibilidades argentino- quien tenía dólares se protegió. Quien apostó todo a rendimientos en pesos, no.
En ese sentido, el dólar funciona menos como inversión y más como póliza de seguro. Y como toda póliza, se paga aunque no se use.
No todos los dólares son iguales. Dentro del universo de instrumentos dolarizados, existen opciones con perfiles de riesgo y retorno muy distintos. A continuación, las alternativas más elegidas por los ahorristas e inversores argentinos en el contexto actual:
El refugio por excelencia. No requiere cuenta bancaria ni conocimientos financieros. Su gran ventaja es la liquidez inmediata y la custodia directa. Su gran desventaja es que no genera ningún rendimiento: los billetes guardados en una caja fuerte o debajo del colchón valen lo mismo mañana que hoy, pero la inflación en dólares los va erosionando lentamente. Ideal como reserva de emergencia, no como vehículo de inversión.
La alternativa más accesible para quien quiere salir del billete físico. Las cuentas remuneradas en dólares ofrecen tasas marginales, pero al menos algo generan. El dólar MEP -obtenido mediante la compra y venta de bonos en el mercado bursátil- permite acceder al tipo de cambio financiero sin restricciones formales. Hoy la brecha entre el MEP y el oficial es acotada, lo que reduce el incentivo, pero el instrumento sigue siendo muy utilizado por su transparencia y accesibilidad.
Los FCI dolarizados permiten acceder a una cartera diversificada de activos en moneda dura con suscripción desde montos muy bajos. Invierten principalmente en Obligaciones Negociables (ON) de empresas argentinas de primera línea y en instrumentos del mercado de capitales. Ofrecen liquidez en 24 o 48 horas y rendimientos superiores al billete, con una gestión profesional que simplifica la toma de decisiones para el inversor minorista.
Los bonos del Tesoro argentino denominados en dólares -como el AL30, GD30 o GD35- ofrecen tasas de interés significativamente más altas, pero con un riesgo también mayor: el riesgo soberano argentino. Quien compra un bono soberano está apostando a que el Estado argentino honrará sus compromisos en tiempo y forma. En contextos de normalización financiera, estas tasas resultan muy atractivas en términos globales. Requieren mayor tolerancia a la volatilidad y horizonte de inversión de mediano plazo.
Los CEDEARs son certificados que replican el comportamiento de acciones internacionales -Apple, Amazon, Google, Nvidia- cotizando en pesos pero ajustados al tipo de cambio financiero. Las ON corporativas, por su parte, son deuda de empresas privadas argentinas en dólares, con menor riesgo que los bonos soberanos y rendimientos moderados. Ambos instrumentos permiten exposición a activos globales desde el mercado local, con distintos niveles de sofisticación requerida.
En escenarios de estabilidad cambiaria, los instrumentos en pesos pueden superar ampliamente al dólar en términos de rendimiento nominal e incluso real. Los plazos fijos UVA -ajustados por inflación- y las Letras del Tesoro de corto plazo han rendido por encima del tipo de cambio en varios períodos recientes. Su talón de Aquiles es siempre el mismo: si el tipo de cambio da un salto inesperado, toda la ganancia en pesos se licúa en pocas horas.
El dólar no es el activo más rentable de 2026 en Argentina. Los números del REM y del mercado de futuros lo confirman con claridad. Sin embargo, sería un error concluir de eso que ya no tiene sentido ahorrar en dólares.
La racionalidad del ahorrista argentino no es la misma que la del inversor de un país con moneda estable. Aquí, el dólar cumple una función que ningún instrumento en pesos puede reemplazar por completo: la de seguro ante la incertidumbre. Y en un país donde la historia económica reciente incluye confiscaciones, default, cepos y devaluaciones abruptas, esa función vale.
La clave está en no quedarse solo con el billete en el cajón. Explorar los distintos vehículos dolarizados -desde las ON corporativas hasta los FCI- permite capturar algo de rendimiento sin resignar la cobertura. Y para quien tenga mayor apetito de riesgo, combinar dólares con instrumentos en pesos puede ser la fórmula que mejor capture lo mejor de ambos mundos.
Al final, la "Linterna Verde" argentina no se apaga. Solo evoluciona.
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Desde el BCRA destacaron una menor demanda para ahorro, ingreso de dólares corporativos y el impulso de la cosecha gruesa.