Hay momentos en la política donde todo parece alinearse. Y otros, donde todo se empieza a desordenar casi sin explicación clara. La pregunta hoy es inevitable: ¿qué pasó después del discurso de Javier Milei en el Congreso?
Hay momentos en la política donde todo parece alinearse. Y otros, donde todo se empieza a desordenar casi sin explicación clara. La pregunta hoy es inevitable: ¿qué pasó después del discurso de Javier Milei en el Congreso?
Hasta ese día, el Gobierno venía atravesando uno de sus mejores tramos. No solo por el clima político, sino por resultados concretos. Había logrado algo que no es menor en la Argentina: dominar la agenda, marcar el ritmo del debate parlamentario y, sobre todo, conseguir la aprobación de leyes clave para encarar reformas estructurales. En un país donde todo suele trabarse, eso ya era una rareza.
Pero en política, muchas veces, no alcanza con tener razón o resultados. También importa el tono. Y ahí es donde se produce el quiebre.
Después de una sesión cargada de tensión, el Presidente decidió no quedarse callado. Y lanzó una frase que retumbó en todo el sistema político: "delincuentes, chorros y asesinos". El planteo apuntaba a una discusión moral, a marcar una línea divisoria fuerte. Ahora bien. la reacción fue inmediata. Y, curiosamente, muchos recogieron el guante. Vaya a saber por qué.
A partir de ahí, el escenario cambió. Lo que era una racha de acumulación política se transformó en una seguidilla de conflictos. Aparecieron cuestionamientos, operaciones, tensiones públicas y, sobre todo, una sensación de desorden en la mesa chica del poder.
Porque la pregunta que sobrevuela hoy no es solo externa. También es interna. ¿Qué está pasando dentro del propio oficialismo? ¿Hay diferencias de fondo entre Santiago Caputo, Karina Milei y otros actores clave? ¿Cuánto pesa la relación, cada vez más tensa, con la vicepresidenta Victoria Villarruel?
Es difícil desentrañarlo del todo, porque muchas de estas discusiones se dan en privado. Pero los efectos son públicos. Y son claros: el Gobierno empezó a patinar. De una mala noticia a otra. Sin poder capitalizar logros que, en otro contexto, serían titulares durante semanas.
Porque los datos están. La baja en los índices de pobreza -aunque corresponda a una foto anterior- es un dato político fuerte. La estabilidad económica en medio de un contexto internacional convulsionado, con conflictos como el de Irán, también. Y ni hablar de haber revertido un fallo que ponía en juego unos 18 mil millones de dólares o un porcentaje significativo de YPF. Eso, en cualquier gobierno, sería motivo de celebración.
Pero en esta historia hay otro actor que no se puede dejar afuera: el rol de algunos medios de comunicación.
Porque también pasó algo llamativo. De repente, grandes grupos nacionales y otros medios mucho más chicos -algunos directamente desconocidos hasta hace poco- empezaron a enfocarse casi de manera quirúrgica en determinados nombres y movimientos dentro del Gobierno. No en los resultados, no en los datos duros, sino en las internas, en los rumores, en las versiones.
Y en ese terreno, donde la información se mezcla con la especulación, aparece un problema más profundo: la credibilidad.
En las últimas semanas circularon casos que, de confirmarse, son directamente alarmantes. Noticias inventadas, operaciones armadas y hasta supuestos "periodistas" creados con inteligencia artificial para amplificar mensajes. Un fenómeno nuevo, difícil de rastrear, pero muy efectivo para instalar agenda. Y con un dato todavía más delicado: denuncias de campañas de desinformación que tendrían financiamiento externo, incluso vinculadas a intereses de Rusia.
Ahora bien, cuidado. Esto no significa que toda crítica sea una operación ni que todo periodista sea parte de una conspiración. Sería un error enorme caer en esa simplificación. El periodismo tiene la obligación de controlar al poder, de investigar, de incomodar.
Pero también es cierto que, cuando se cruza la línea de la rigurosidad y se entra en el terreno de la manipulación o directamente de la mentira, el daño es enorme. No solo para un gobierno, sino para toda la sociedad.
Porque en ese ruido constante, en esa catarata de versiones cruzadas, lo importante queda tapado. Y volvemos al mismo punto: la política y el circo mediático terminan opacando la gestión.
Entonces, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿cómo se sale de esto?
Primero, recuperando la iniciativa. Y eso implica volver a ordenar prioridades. Menos pelea interna, menos ruido innecesario y más foco en la gestión. Segundo, entendiendo que las batallas de poder, cuando se desbordan, terminan afectando a todos. No es solo una interna de dirigentes: es la economía, la confianza, la previsibilidad de un país.
Y tercero -quizás lo más difícil-, romper con esta lógica tan argentina de vivir atrapados en nuestras propias grietas. Porque mientras el mundo ofrece oportunidades, nosotros seguimos discutiendo entre nosotros, tirándonos tiros en los pies.
La coyuntura internacional puede ser favorable. Hay una ventana. Pero las ventanas no quedan abiertas para siempre.
La historia argentina está llena de oportunidades perdidas. De momentos donde, por priorizar internas o ideologías llevadas al extremo, se dejó pasar el tren.
La pregunta es si esta vez va a ser distinto. O si, una vez más, vamos a tropezar con la misma piedra.