Durante varios meses monitorearon su rutina diaria: sus residencias, contactos habituales, métodos de comunicación y posibles refugios ante un eventual ataque. El seguimiento también alcanzó a la cúpula política y militar iraní, cuyos integrantes rara vez coincidían físicamente con el ayatolá, quien llevaba casi cuarenta años al frente del poder en Irán.
Durante varios meses, los servicios de inteligencia de Israel y Estados Unidos -entre ellos la CIA- siguieron de cerca y en secreto los movimientos del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, aguardando una oportunidad que consideraran estratégica.
Según revelaron a CNN cinco fuentes con conocimiento directo del operativo, los analistas monitorearon minuciosamente su rutina diaria: sus residencias, contactos habituales, métodos de comunicación y posibles refugios ante un eventual ataque. El seguimiento también alcanzó a la cúpula política y militar iraní, cuyos integrantes rara vez coincidían físicamente con el ayatolá, quien lleva casi cuarenta años al frente del poder en Irán.
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La ocasión apareció en los días previos al operativo. Altos funcionarios del régimen, incluido Khamenei, tenían previsto reunirse el sábado por la mañana en distintos sectores de un complejo gubernamental en Teherán que concentra oficinas del liderazgo religioso, la presidencia y organismos de seguridad nacional.
De acuerdo con una fuente israelí, el líder supremo, habitualmente extremadamente prudente, se sentía menos expuesto durante el día, lo que redujo sus medidas de precaución. Para algunos funcionarios israelíes y estadounidenses, esa circunstancia representó una oportunidad difícil de desaprovechar.
Inicialmente concebido como un ataque nocturno, el plan fue modificado a último momento para ejecutarse a plena luz del día. Antes de la operación, el jefe del Estado Mayor israelí, Eyal Zamir, envió un mensaje a los pilotos detallando los riesgos y autorizando la misión.
"El sábado al amanecer comienza la Operación León Rugiente", señalaba la comunicación. "Están autorizados a atacar los objetivos asignados. Estamos haciendo historia".
Cerca de las seis de la mañana en Israel, aviones de combate lanzaron la primera oleada contra el complejo en una acción coordinada entre fuerzas israelíes y estadounidenses. Equipados con armamento de precisión y misiles de largo alcance, los ataques impactaron simultáneamente en los tres puntos donde se encontraban los principales dirigentes iraníes. Horas más tarde, el entonces presidente estadounidense Donald Trump anunció la muerte de Khamenei.
La operación evidenció el grado de penetración alcanzado por los servicios de inteligencia occidentales dentro de Irán y la rapidez con la que ambos países podían actuar cuando surgía una ventana operativa favorable.
Un oficial militar israelí explicó que el monitoreo permanente sobre los líderes de países considerados adversarios es una práctica habitual, aunque subrayó que acciones de esta magnitud requieren integrar múltiples fuentes de inteligencia y coordinar numerosos factores, lo que vuelve el proceso especialmente complejo.
En los últimos años, Israel había demostrado reiteradamente su capacidad para infiltrarse en territorio iraní, eliminando a figuras clave del ámbito militar y nuclear. Sin embargo, tras el conflicto de doce días entre ambos países en junio, el propio ministro de Defensa israelí había admitido que nunca se había presentado una oportunidad concreta para atacar al líder supremo.
Esta vez, la situación parecía distinta
Semanas antes del operativo, Washington y Jerusalén habían intensificado la planificación conjunta. Durante una reunión en Mar-a-Lago, poco después de Navidad, el primer ministro Benjamin Netanyahu advirtió a Trump que Irán buscaba reactivar su programa nuclear y avanzar en el desarrollo de misiles balísticos luego de bombardeos estadounidenses contra instalaciones de enriquecimiento.
Trump expresó entonces su respaldo a una nueva ofensiva destinada a neutralizar esas capacidades.
Poco después, Irán fue escenario de protestas masivas que derivaron en una dura represión con miles de muertos. En ese contexto, el presidente estadounidense afirmó que su país estaba dispuesto a intervenir y apoyar a los manifestantes, lo que aceleró la planificación militar conjunta.
Estados Unidos aún no contaba con el despliegue militar necesario en la región para sostener una operación de semejante escala ni para proteger sus bases ante posibles represalias iraníes. En las semanas siguientes, la presencia militar se reforzó notablemente: dos portaaviones -incluido el mayor del mundo-, cientos de aeronaves, buques y submarinos fueron enviados a Oriente Medio. El movimiento de fuerzas, visible para la comunidad internacional y para Teherán, funcionó además como elemento de presión durante las negociaciones diplomáticas.
Paralelamente, altos mandos militares y de inteligencia israelíes viajaron repetidamente a Washington para coordinar detalles operativos. Las visitas incluyeron al jefe del Estado Mayor, responsables de inteligencia militar y el director del Mossad, todos enfocados en ultimar los preparativos.
La coordinación culminó con un encuentro clave entre Trump y Netanyahu el 11 de febrero en Washington, adelantado una semana ante la urgencia del primer ministro israelí por asegurar el compromiso definitivo de Estados Unidos con la ofensiva.
Fuente: Perfil.com