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Dos escritoras fueron descalificadas de un premio literario por usar IA en las portadas de sus libros

El caso encendió la discusión sobre cómo regular el uso de inteligencia artificial en la industria editorial y qué lugar ocupa en el proceso creativo.

Viernes, 21 de Noviembre de 2025

Dos autoras de larga trayectoria quedaron fuera de un prestigioso premio literario después de que los organizadores confirmaran que las portadas de sus obras habían sido generadas con inteligencia artificial.

Elizabeth Smither y Stephanie Johnson, figuras centrales de la literatura neozelandesa, quedaron excluidas de los Ockham New Zealand Book Awards 2026 tras comprobarse que las cubiertas de sus obras, Angel Train y Obligate Carnivore, habían sido diseñadas con herramientas de IA.

La descalificación se produjo después de que un librero detectara señales de contenido generado artificialmente y alertara a los responsables del certamen.

La editorial Quentin Wilson Publishing confirmó luego el uso de IA en el proceso de diseño, una práctica que viola la nueva normativa del premio: este año, los Ockham introdujeron una regla que prohíbe competir a cualquier libro que tenga elementos generados con inteligencia artificial en su portada, como una manera de proteger el trabajo de ilustradores y diseñadores.

Nicola Legat, presidenta de la institución que otorga el premio anual, señaló que el caso fue tomado con toda seriedad, especialmente porque ambas escritoras fueron jurados en ediciones anteriores y cuentan con amplio reconocimiento en el país. Según explicó, la normativa nace del objetivo de resguardar los derechos de autor y apoyar la integridad creativa de quienes participan en la industria editorial.

La editorial cuestionó el momento en que se comunicaron las reglas: fueron publicadas en agosto, cuando muchos libros ya estaban en producción. Sostiene que cambios de este tipo suelen anunciarse con un año de anticipación y que, en el trabajo cotidiano, herramientas basadas en IA forman parte de procesos habituales, desde funciones de Photoshop hasta correctores como Grammarly. Para la empresa, el caso refleja la necesidad urgente de regulaciones claras que definan qué usos son aceptables.

La controversia marca un nuevo capítulo en la discusión global sobre los límites del uso de la inteligencia artificial en la creación cultural, un debate que se vuelve cada vez más urgente a medida que estas tecnologías se vuelven parte del día a día en el mundo editorial.

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