Mientras el Banco Central acumula divisas y los bonos resisten las turbulencias internacionales, la economía real transita una preocupante debilidad. Analistas advierten que la falta de crédito y la alta absorción de pesos ahogan al sector privado, obligando a repensar los próximos pasos para evitar llegar a 2027 sin una recuperación genuina.
Por Mateo Coria
El dólar se mantiene relativamente estable, los bonos resisten las turbulencias internacionales y el Banco Central sigue comprando divisas. Sin embargo, la economía real muestra una debilidad que empieza a ser preocupante. El crédito retrocede, las tasas siguen siendo demasiado altas y el crecimiento está muy por debajo de su potencial. El Gobierno consiguió ordenar la macroeconomía, pero corre el riesgo de asfixiar al sector privado que debería impulsar la recuperación.
EL PROBLEMA YA NO ES SOLAMENTE EL DÓLAR
La economía argentina está atravesando una situación bastante particular.
Mientras Brasil enfrenta crecientes dificultades fiscales y financieras, las bolsas internacionales muestran volatilidad y los precios de algunas materias primas retroceden, Argentina consigue mantener cierta estabilidad cambiaria.
Es un mérito que corresponde reconocerle al Gobierno de Javier Milei.
Pero hay una diferencia enorme entre conseguir que el dólar no se dispare y lograr que una economía crezca.
La estabilidad financiera es una condición necesaria para el crecimiento, pero no es crecimiento.
El país está consiguiendo resistir las turbulencias externas mientras buena parte de sus empresas enfrenta problemas para vender, financiarse e invertir.
Y esa contradicción empieza a ser más importante que la cotización diaria del dólar.
UNA ECONOMÍA QUE PODRÍA CRECER 5,5% Y NO LLEGA AL 2%
Ricardo Arriazu acaba de plantear una advertencia que merece mucha más atención de la que parece estar recibiendo.
Según su análisis, Argentina reúne condiciones externas y productivas que podrían permitirle crecer alrededor del 5,5% anual.
Sin embargo, estima que la expansión económica se encuentra por debajo del 2%.
La diferencia supera los 3,5 puntos porcentuales de crecimiento que el país está dejando de aprovechar.
Y lo más llamativo es que no atribuye esa debilidad a la falta de dólares, a una mala cosecha ni a una crisis energética.
La atribuye, fundamentalmente, a la política monetaria.
El Banco Central compra divisas, mientras el Tesoro absorbe pesos mediante colocaciones de deuda que superan sus vencimientos.
El resultado es una economía con menos liquidez disponible para financiar actividades privadas.
Arriazu señaló que ese mecanismo habría retirado del mercado aproximadamente 18 billones de pesos.
Es una cifra extraordinaria.
Dinero que podría contribuir al financiamiento de empresas, familias, construcción y consumo termina inmovilizado en el circuito financiero del Estado.
LOS BANCOS SIGUEN ENCONTRANDO UN NEGOCIO MÁS CÓMODO
Aquí aparece una de las grandes contradicciones del modelo.
El Gobierno sostiene que quiere una economía impulsada por la iniciativa privada, pero mantiene condiciones financieras que facilitan a los bancos colocar fondos en instrumentos públicos en lugar de asumir riesgos prestándole a las empresas.
Mientras tanto, una pyme que necesita financiar capital de trabajo encuentra tasas elevadas, garantías excesivas, gastos adicionales y exigencias que muchas veces terminan haciendo inviable la operación.
Los bancos tienen que volver a ganar dinero prestándole al que produce, no solamente administrando liquidez y financiando al Estado.
La Argentina no necesita que el sistema financiero siga creciendo separado de la actividad económica.
Necesita crédito hipotecario, préstamos productivos, financiamiento comercial y tasas compatibles con la rentabilidad de los negocios.
No alcanza con anunciar líneas de préstamos si después las condiciones dejan afuera a buena parte de los potenciales tomadores.
BRASIL VOTÓ A LULA Y AHORA DESCUBRE EL DESASTRE DE SUS CUENTAS PÚBLICAS
Brasil acaba de darle nuevamente su respaldo electoral a Lula da Silva, dando por ciertas las elecciones, situación que esta por verse mas aun después de las declaraciones de Bolsonaro desde Miami y ahora enfrenta las consecuencias de una política económica que durante años privilegió el gasto público por encima de la responsabilidad fiscal.
Los números son sencillamente escandalosos.
El déficit fiscal nominal brasileño alcanzó el 9,51% del PBI en los últimos doce meses, prácticamente el 10%. Una verdadera aberración para la principal economía de América Latina.
Y no se trata de una interpretación política. Son cifras del propio Banco Central de Brasil.
El agujero fiscal alcanza aproximadamente 1,275 billones de reales, mientras la deuda pública bruta ya representa el 82,9% del producto. Solo para establecer una diferencia el de Argentina es de 69%, estamos muchísimo mejor.
Los intereses de esa deuda consumen por sí solos casi el 9% del PBI.
Desde que Lula volvió al poder en 2023, la deuda pública aumentó más de 11 puntos porcentuales del producto.
Brasil eligió continuar con Lula y ahora deberá enfrentar la factura de un Estado cada vez más endeudado, una política de gasto difícil de sostener y un mercado financiero que empieza a perder la paciencia.
La reacción de los inversores después de las elecciones fue contundente, con fuertes caídas bursátiles, depreciación del real y un aumento de la desconfianza.
Lo más preocupante es que, después de semejante resultado fiscal, sectores del propio oficialismo brasileño siguen resistiéndose a realizar los ajustes necesarios.
Es la vieja receta de gastar primero, endeudarse después y dejarle la cuenta al sector privado.
Lula ganó las elecciones, pero no consiguió que desaparecieran los números.
Los brasileños volvieron a elegirlo. Ahora deberán comprobar cuánto cuesta sostener un modelo político que promete distribuir riqueza mientras el Estado acumula deuda y paga intereses cada vez mayores.
Para Argentina, esta situación representa un riesgo concreto.
Un real debilitado puede mejorar la competitividad de los productos brasileños frente a los argentinos, mientras una economía brasileña más lenta puede reducir la demanda de nuestras exportaciones industriales.
Pero sería un error utilizar los problemas externos como explicación de todas nuestras dificultades.
La falta de crédito, los elevados costos tributarios y la debilidad de la construcción son problemas argentinos que existían antes de las turbulencias brasileñas.
Y no se resolverán esperando que mejore el contexto internacional.
EL SECTOR PRIVADO NO PUEDE SEGUIR FINANCIANDO TODO
Hay otro problema que el Gobierno todavía no termina de resolver.
Argentina redujo desequilibrios fiscales importantes, pero el costo de operar formalmente sigue siendo demasiado elevado.
Impuestos nacionales, provinciales y municipales, cargas laborales, servicios públicos, financiamiento e infraestructura deficiente forman una combinación que castiga especialmente a las empresas medianas y pequeñas.
En provincias como Mendoza, la situación es particularmente visible.
Comercio, construcción, industria y desarrollos inmobiliarios enfrentan costos crecientes en un mercado donde las ventas no muestran una recuperación suficientemente firme.
Mientras tanto, sectores como energía, minería y agroindustria tienen mejores perspectivas, pero su expansión no se traduce automáticamente en actividad para todos los demás.
No se puede pretender una recuperación generalizada apoyándose solamente en los sectores exportadores mientras el mercado interno permanece debilitado.
EL RIESGO DE LLEGAR A 2027 CON RESERVAS, PERO SIN RECUPERACIÓN
El Gobierno tiene todavía una oportunidad importante.
La estabilidad cambiaria, el equilibrio fiscal y la expansión de las exportaciones pueden constituir una base sólida para varios años de crecimiento.
Pero el tiempo económico no es ilimitado.
Si las empresas siguen postergando inversiones, las familias reducen sus compras y el crédito continúa restringido, la recuperación puede perder fuerza antes de consolidarse.
El riesgo no es solamente económico.
Una sociedad que no percibe mejoras concretas en sus ingresos, su empleo o sus posibilidades de progresar termina perdiendo confianza, aun cuando los indicadores financieros sean favorables.
Y esa pérdida de confianza puede terminar afectando justamente la estabilidad que hoy se intenta preservar.
EL GOBIERNO DEBE CAMBIAR LAS PRIORIDADES, NO EL RUMBO
Volver al déficit fiscal, a la emisión descontrolada o a las devaluaciones utilizadas como solución transitoria sería un retroceso terrible.
Pero defender el equilibrio fiscal no significa aceptar que la economía privada permanezca paralizada.
Hay margen para revisar la absorción de pesos del Tesoro, estimular una reducción genuina de las tasas, mejorar la competencia bancaria y aliviar los costos que soportan quienes producen e invierten.
El desafío es conseguir que los dólares acumulados, la estabilidad monetaria y la disciplina fiscal dejen de ser objetivos aislados y se conviertan en instrumentos para crecer.
Milei consiguió que Argentina dejara de vivir pendiente de una explosión cambiaria. Ahora tiene que conseguir que los empresarios dejen de vivir pendientes de cómo pagar los sueldos, los impuestos y los bancos.
Porque una economía no se recupera solamente cuando suben los bonos o baja el riesgo país.
Se recupera cuando las empresas venden, los trabajadores mejoran sus ingresos, los bancos prestan y los inversores vuelven a encontrar razones para construir, producir y contratar.
El orden macroeconómico fue el primer paso. El segundo es devolverle oxígeno al sector privado. Y ese segundo paso ya no admite demasiadas demoras.