Las elecciones en Brasil pusieron en jaque al Gobierno argentino
Lula habla de moderación, pero Brasil vuelve a encender las alarmas. El peronismo toma nota y Milei parece no entender que el poder también se pierde por soberbia.
Apenas terminó la elección en Brasil, apareció una noticia que no puede pasar inadvertida: el juez Alexandre de Moraes ordenó a Flávio Bolsonaro entregar sus pasaportes y le prohibió salir del país. La medida fue vinculada a una investigación judicial. Eso deberá evaluarse en los tribunales. Pero el momento elegido abre una pregunta política inevitable: ¿por qué una decisión de semejante impacto llega un día después de las urnas?
Mientras tanto, Lula habla de un gobierno de centro, de moderación y de diálogo. ¿Hay que creerle por lo que dice o juzgarlo por lo que ocurre bajo su gobierno? Porque una cosa es moderar el discurso para ganar votos y otra muy distinta es garantizar que los adversarios políticos tengan las mismas libertades y los mismos derechos, toda esa situación con un congreso que en enero lo tendrá en contra y con posibilidad ciertas de juicios políticos para todos y todas.
No hace falta afirmar que Lula ordenó la medida para señalar la contradicción. Si se presenta como el hombre de la conciliación, tiene la obligación política de despejar las dudas y demostrar que la justicia no se convierte en un instrumento de la disputa partidaria.
El peronismo argentino debería mirar Brasil con atención. Cambiar el discurso, hablar de moderación y presentarse como una alternativa renovada no significa haber cambiado de verdad. El peronismo conoce mejor que nadie el arte de reciclarse, cambiar de nombres y acomodarse a las circunstancias. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿cambió sus prácticas clientelistas, corruptas y demagógicas o solamente está esperando otra oportunidad?
No alcanza con ponerse un traje de moderado, prometer diálogo y esperar que la sociedad olvide los problemas que llevaron a millones de argentinos a buscar una alternativa. Si el peronismo pretende volver, tendrá que responder por su gestión, sus contradicciones y sus responsabilidades y su gente. La Argentina no puede vivir eternamente en un ciclo de fracaso, desencanto y regreso de los mismos protagonistas. Y hoy el peronismo es el mismo equipo, lamentablemente no el de Scaloni.
Pero Milei también debería tomar nota. Y rápido.
El Presidente parece creer, demasiadas veces, que levantar la voz equivale a tener razón y que confrontar con todo el mundo es una estrategia de gobierno. No lo es. Insultar, pelearse con aliados, hablar de más y convertir cada diferencia en una batalla puede generar ruido, pero no resuelve los problemas de la gente esos problemas se resuelven con medidas concretas que hoy en el ámbito de la economía diaria, NO LAS ESTA TOMANDO, por mas discurso que pronuncie.
Milei tiene que entender que no alcanza con tener razón en algunos diagnósticos: también hay que saber gobernar, escuchar y construir.
La gente no votó para vivir en una campaña electoral permanente. Votó por un cambio concreto, por una economía que funcione, por más oportunidades y por la expectativa de dejar atrás años de frustración. Si el Gobierno pierde de vista esas demandas, ninguna pelea en las redes sociales va a compensar el desgaste.
Y hay algo más: Milei no puede confiar en que el peronismo seguirá siendo rechazado para siempre. La política argentina ya demostró que el descontento puede cambiar de dirección. Cuando un gobierno decepciona, sus adversarios encuentran una oportunidad. Así funciona la democracia.
Brasil debería servir como advertencia, no como excusa para alimentar fantasmas. La política puede cambiar de tono después de una elección, los discursos pueden volverse más moderados y las disputas judiciales pueden adquirir una enorme trascendencia. Por eso hay que exigir transparencia, independencia judicial y garantías para todos, sin importar de qué partido sean.
Lula debe explicar las contradicciones entre su discurso conciliador y el clima político que lo rodea. El peronismo debe demostrar que tiene algo nuevo para ofrecer, en lugar de limitarse a esperar el desgaste del Gobierno. Y Milei debe dejar de confundir firmeza con soberbia y comunicación con confrontación permanente.
Porque el mayor peligro para el oficialismo no es solamente la oposición. Es su propia incapacidad para escuchar a tiempo.
Si Milei no escucha, no corrige y no convierte sus promesas en resultados, puede terminar devolviéndole al peronismo la oportunidad que millones de argentinos le quitaron en las urnas y que pensaron que era para siempre.
Y si el peronismo vuelve sin haber revisado seriamente sus errores, la Argentina corre el riesgo de repetir la misma historia el mismo fracaso y las MISMAS MENTIRAS.
El país no necesita otra guerra de discursos. Necesita resultados, límites al poder y dirigentes que entiendan que ganar una elección no les da derecho a hacer cualquier cosa, ni gobernar les permite ignorar a quienes los llevaron al poder.
La advertencia está a la vista. La pregunta es quién va a aprender de ella antes de que sea demasiado tarde.