La Argentina atraviesa una etapa extraña
La Argentina atraviesa una etapa extraña. Tiene un presidente que, frente a una sociedad que reclama respuestas, parece haber elegido la sobriedad del silencio; un ministro de Economía, Luis Caputo, que escucha las buenas noticias pero parece sordo frente a las malas; un Mauricio Macri que observa desde afuera y no termina de asumir el costo político de lo que piensa; y enfrente, un peronismo que todavía carga con una historia demasiado pesada de corrupción, populismo y saqueo del Estado.
El problema es que la economía no se arregla solamente con equilibrio fiscal, ni tampoco se arregla volviendo al pasado.
El Gobierno consiguió algo que parecía imposible: bajar la inflación, ordenar las cuentas públicas y recuperar cierta previsibilidad. Pero ahora aparece la segunda parte de la película, mucho más difícil: hacer que la economía real vuelva a crecer con fuerza.
Porque una cosa es la macroeconomía y otra muy distinta es la vida cotidiana.
El supermercado no se gobierna con el resultado fiscal. La pyme no paga sus salarios con reservas del Banco Central. El comerciante no vende más porque el Tesoro tenga superávit. Y una familia no siente que la inflación desapareció simplemente porque el índice mensual sea mucho menor que el de hace dos años.
Ahí está el verdadero problema de Milei.
La macro empieza a ordenarse, pero la micro todavía no despega como debería.
Y mientras tanto, el Gobierno parece encerrado en una lógica peligrosa: si o funciona, se lo atribuye al modelo; si algo no funciona, culpa al pasado, a los empresarios, al Congreso o a quienes todavía no entendieron la transformación.
Caputo, por su parte, transmite una tranquilidad que a veces parece excesi. El mercado puede escucharla con agrado, pero la economía real necesita algo más que tranquilidad: necesita crédito, inversión productiva, consumo razonable y reglas que permitan a las empresas planificar.
Y acá aparece otra contradicción.
El Estado consiguió financiarse y absorber buena parte del ahorro disponible, mientras las empresas y las familias siguen encontrando un crédito caro y escaso. Es difícil construir una economía pujante si el Estado vuelve a quedarse con una porción demasiado grande del financiamiento.
No alcanza con que el dólar esté tranquilo. Hay que conseguir que la Argentina produzca más.
Macri, mientras tanto, tiene una responsabilidad diferente. Tiene experiencia, conoce el poder y conoce las dificultades de gobernar la Argentina. Pero muchas veces transmite la imagen de quien ve venir el problema y prefiere no meterse demasiado para no pagar el costo.
Eso también es una forma de cobardía política.
Porque si cree que el rumbo es correcto, debería defenderlo sin especulaciones. Y si cree que está equivocado, debería decirlo claramente. La Argentina ya tuvo demasiados dirigentes que esperaron a que otro pagara la factura.
Y del otro lado aparece el peronismo.
El peronismo pretende volver a presentarse como la alternativa frente a los problemas del presente, pero todavía no respondió una pregunta elemental: ¿cómo puede ofrecer una solución quien dejó una parte sustancial de estos problemas?
Déficit, emisión, inflación, subsidios mal direccionados, empleo público, corrupción y una concepción del Estado utilizado demasiadas veces como herramienta de poder político forman parte de una historia que no puede borrarse con una campaña electoral.
Pero tampoco alcanza con decir que el peronismo es ladrón.
Porque el ciudadano que está preocupado por su negocio, por su salario o por llegar a fin de mes no quiere solamente saber quién fue culpable. Quiere saber quién va a resolverlo.
Y ahí está la gran deuda del Gobierno.
Milei ganó porque una mayoría de argentinos estaba harta de la vieja política. Pero haber ganado esa batalla no significa haber ganado la guerra.
Ahora tiene que demostrar que puede transformar una macroeconomía ordenada en una economía que genere empleo privado, inversión, productividad y mejores salarios.
Si no lo consigue, el peligro no será solamente que vuelva el peronismo.
El verdadero peligro será que aparezca un nuevo outsider, alguien que prometa terminar con unos y con otros, que se presente como empresario exitoso, salvador de la economía o alternativa superadora, y que vuelva a construir una ilusión sobre el cansancio de una sociedad que ya no cree demasiado en nadie.
Argentina está nuevamente frente a una oportunidad.
Pero esta vez no alcanza con un presidente sobrio, un ministro que no escucha las críticas, un expresidente que mira desde la tribuna y una oposición que todavía no puede explicar su propio pasado.
Hace falta algo mucho más sencillo: dejar de mentirle a la sociedad.
Decir cuánto cuesta realmente financiar al Estado. Cuánto crédito absorbe. Cuánto produce la economía privada. Cuánto crecen los sectores que no dependen de privilegios, subsidios o regulaciones. Cuánto pagan realmente las empresas en impuestos. Y, sobre todo, cuánto le queda al argentino común después de pagar el Estado.
Porque cuando se conozcan esos números sin maquillaje, quizás descubramos que el verdadero desafío de la Argentina no es elegir entre Milei y el peronismo.
Es elegir entre seguir administrando el fracaso o animarse, de una vez por todas, a construir una economía normal.
El tiempo es ahora
Y hay algo más que ya no admite discusión: el tiempo se terminó. Es ahora.
Ya no sirven los latiguillos del Presidente, ni las explicaciones repetidas del ministro de Economía. No alcanza con decir que falta poco, que el segundo semestre será mejor, que el mercado entiende o que quienes critican el modelo son parte del pasado.
La gente necesita resultados.
Mientras se habla de macroeconomía, energía, bancos y minería acumulan ganancias extraordinarias, y está bien que las empresas ganen dinero, tanto? El problema aparece cuando esos sectores prosperan mientras una parte importante de la economía productiva sigue sin recuperar dinamismo, el crédito continúa siendo inaccesible para muchos y el consumo de la clase media permanece golpeado.
No se puede construir una Argentina para unos pocos sectores ganadores y pedirle paciencia indefinida al resto.
Milei tiene que dejar de gobernar mirando exclusivamente los indicadores financieros y empezar a mirar con la misma obsesión la economía real. Caputo tiene que dejar de explicar y empezar a mostrar resultados concretos.
Y la oposición, si quiere volver al poder, tiene que entender que la sociedad tampoco quiere regresar al pasado. Es decir, muchos pseudosperonistas a casa o a la c...
El reloj corre.
La Argentina no necesita más relatos, más latiguillos ni más culpables. Necesita producción, crédito, inversión, empleo y salarios que recuperen poder de compra.
Porque si eso no ocurre ahora, el desencanto será inevitable.
Y cuando una sociedad pierde la paciencia, no siempre vuelve al que estaba antes.
*A veces busca a cualquiera que prometa algo distinto, como en su momento Milei, y ya estamos hartos de tantos cambios. *
Tomen las medidas que haya que tomar y dejen, TODOS, de jugar con el Pais y a la política.