Analistas Por Luciana Godoy

La foto que me hizo sentir vergüenza de ser periodista

Cámaras, drones, vigilias y guardias durante el duelo de Lionel Messi generaron indignación y convirtieron una despedida familiar en un espectáculo.

Lunes, 10 de Agosto de 2026

El sábado por la mañana, los argentinos despertamos con una noticia que golpeaba fuerte: "Murió Jorge Messi".

En ese momento, un solo portal la publicaba. Inmediatamente todos los argentinos comenzamos a surfear distintos medios de Buenos Aires buscando chequear la información. Había que encontrar una segunda fuente, una confirmación, algo que nos permitiera saber que efectivamente era cierto.

Y la cautela tenía una explicación. Después de que Florencia Peña anunciara la muerte de Jorge Messi y la información comenzara a circular, la noticia pendía de un hilo de veracidad. Por eso empezamos a recorrer portales, buscar fuentes y esperar una confirmación antes de avanzar.

Pasaron cerca de cuatro horas hasta que, como una onda expansiva, los principales medios comenzaron a anunciar la noticia.

En ese momento pensé: qué coraje tuvo el periodista que decidió posicionarse primero, publicar y esperar sentado a que el resto de los portales confirmara aquello que él ya había contado.

Me hizo acordar a Mariano Verrina, el primer cronista que anunció la muerte de Diego Armando Maradona en Clarín. Entiendo que probablemente la mayoría desconozca su nombre, pero quienes amamos las letras y este oficio conocemos su historia, los minutos que pasó buscando una fuente, chequeando y rechequeando la información, llorando la muerte de su propio ídolo y, finalmente, sentándose frente a una computadora para escribir una de las noticias más difíciles de su carrera.

Claro, Jorge Messi no es Maradona. Pero es el padre de otro de los máximos ídolos de los argentinos. Y quizás por eso, cuando finalmente se confirmó la noticia, muchos sentimos el dolor de Lionel con una cercanía extraña, casi como cuando un amigo nos cuenta que acaba de perder a su papá.

Hasta ahí, todo bien.

Podemos decir que los periodistas hicieron lo que se esperaba de ellos: buscaron fuentes, chequearon, confirmaron y escribieron la noticia.

El problema vino después.

Y debo admitir que sentí vergüenza de compartir profesión con algunos colegas cuando Lionel Messi llegó a su ciudad natal para despedir a su padre.

Siempre que puedo digo que quienes estamos de este lado del carril, el de informar, no podemos perder la humanidad. El periodismo nos obliga muchas veces a contar tragedias, muertes, accidentes y los peores momentos de otras personas, pero tener la responsabilidad de informar no significa tener derecho a todo.

Y lo que sucedió alrededor del velorio fue, cuanto menos, difícil de justificar.

Fotógrafos camuflados entre los árboles, drones, cámaras esperando durante hora y una cobertura en vivo y en directo desde la llegada de Lionel al aeropuerto hasta su salida del sepelio.

Había un objetivo: conseguir la foto. Y la consiguieron.

La imagen del 10 cabizbajo, triste, atravesando uno de los momentos más dolorosos que puede vivir una persona.

Entonces me pregunto: ¿era necesario?

¿No podíamos darle a la persona que nos regaló una de las alegrías más grandes de nuestra historia reciente un poco de respeto?

¿No podíamos darle -y me incluyo porque, lamentablemente en este caso, pertenezco a ese gremio- un poco de intimidad a una familia que acababa de perder a un ser querido?

No estoy diciendo que la muerte de Jorge Messi no fuera noticia, lo era, tampoco que la llegada de Lionel a la Argentina no debiera informarse, era lógico contarla.

Pero hay una diferencia enorme entre informar y perseguir, entre contar que Messi llegó a despedir a su padre y necesitar una cámara enfocándole el rostro para comprobar cuánto estaba sufriendo.

Entre hacer periodismo y convertir el duelo de una familia en un espectáculo.

Durante años vimos a Messi bajo todas las cámaras posibles; lo vimos ganar, perder, llorar, frustrarse, levantar una Copa América y finalmente levantar la Copa del Mundo, lo vimos regalarnos probablemente una de las imágenes más felices de nuestra historia deportiva.

Esta vez podríamos haber elegido no mirar.

Podríamos haber entendido que detrás del campeón del mundo, del número 10, del futbolista que millones de argentinos sienten como propio, había simplemente un hijo despidiendo a su padre.

Y quizás ahí aparece una discusión que el periodismo debería darse más seguido: no todo lo que podemos mostrar necesariamente debemos mostrarlo.

La primicia importa. La información importa. La foto también puede importar.

Pero la persona debería importar más.