La imágen de ayer nos hace reflexionar. ¿Por qué no podemos estar unidos?
¿Será la Scaloneta el mejor equipo del mundo una vez más? Eso lo dirá el domingo. Pero hay algo que ya no admite discusión: este grupo se ganó el corazón de millones de argentinos.
Y no solo por lo que hace dentro de una cancha. Hay algo mucho más profundo que explica por qué esta Selección genera tanta identificación. Más allá de los resultados, deja mensajes que trascienden al fútbol.
El primero es la unidad. En este equipo nadie juega solo. Todos corren por el mismo objetivo y nadie queda atrás. Cuando uno se cae, aparece otro para levantarlo. La imagen de Alexis Mac Allister, abatido después de que una pelota pegara en el palo, resume esa idea. Enseguida un compañero lo buscó, lo abrazó y le dijo que había que seguir. No hubo reproches, hubo apoyo. En un deporte donde un segundo puede cambiar la historia, eligieron sostenerse entre ellos.
El segundo mensaje tiene que ver con la salud emocional. Probablemente una de las imágenes más fuertes de la semifinal fue la de Lautaro Martínez llorando. No estamos acostumbrados a verlo así. El "Toro" suele transmitir fortaleza, serenidad y una personalidad difícil de quebrar. Sin embargo, esta vez se permitió emocionarse.
Después del partido explicó que recién cuando fue padre aprendió a disfrutar más del camino. También recordó a sus padres y a las personas que lo acompañaron desde sus primeros pasos en Racing. Escuchar eso de un futbolista que parece haberlo conseguido todo tiene un enorme valor. Porque recuerda que detrás de cada éxito hay años de sacrificios, frustraciones, dudas y personas que estuvieron cuando todavía no existían los aplausos.
Es importante que los ídolos también hablen de sus emociones. Que muestren que llorar no es una señal de debilidad, sino de humanidad. Que alcanzar una meta no borra el esfuerzo recorrido para llegar hasta ella.
Y finalmente apareció la otra gran protagonista: la gente
Miles de argentinos salieron a las calles para celebrar el pase a la final. Desconocidos se abrazaban como si se conocieran de toda la vida. Se cantaba, se saltaba y se festejaba con una alegría compartida. Durante unas horas no importó de dónde venía cada uno, qué pensaba o a qué se dedicaba. Había un solo motivo para estar juntos: Argentina.
Entonces surge una pregunta inevitable.
¿Por qué esa versión de nosotros aparece cada cuatro años y desaparece cuando termina el Mundial? Si todos compartimos las mismas calles, los mismos problemas y los mismos sueños, ¿por qué cuesta tanto trasladar ese espíritu a la vida cotidiana?
Ayer también se veían conductores cediendo el paso, personas respetándose, vecinos celebrando sin preguntarse quién tenían al lado. Parecía que, por un rato, recordábamos que el otro no es un rival, sino un compañero de equipo.
Quizás la mayor enseñanza de esta Selección no sea levantar una copa. Quizás sea demostrarnos que cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros y entendemos que el éxito es colectivo, las cosas funcionan mejor.
Ojalá el domingo llegue otra alegría. Pero, pase lo que pase, hay una victoria que ya consiguieron: recordarnos la mejor versión de nosotros mismos.
La verdadera pregunta es si seremos capaces de sostenerla cuando el árbitro marque el final.