Analistas Por Antonio Ginart

 "Los partidos que definen una Nación"

En una nueva editorial, el conductor de La Verdad Al Aire analizó la coyuntura argentina.

Miercoles, 8 de Julio de 2026

Hay partidos que duran noventa minutos... y hay otros que duran años.

El de ayer ante Egipto parecía terminado. Argentina perdía dos a cero. Messi había fallado un penal. El reloj era un enemigo despiadado y la Selección empezaba a despedirse dell Mundial. Muchos ya imaginaban el final. Ya había quienes escribían el epitafio de un equipo que tantas veces demostró que nunca acepta la derrota como destino.

Pero hubo algo que el reloj no pudo descontar.

La fe.

Porque cuando un grupo de hombres decide creer, el tiempo deja de ser un límite y se convierte en una oportunidad.

Y entonces ocurrió lo imposible.

Tres goles. Tres gritos. Tres golpes al corazón de la resignación.

Argentina volvió de donde casi nadie vuelve. No ganó solamente un partido. Ganó una batalla contra el miedo, contra la desesperanza y contra esa voz que siempre aparece para decir: "ya está... no se puede".

¿Y saben qué?

Ese partido no quedó solamente en una cancha de fútbol.

Se juega todos los días en millones de hogares argentinos.

Lo juega el trabajador que se levanta antes que salga el sol. Lo juega el comerciante que abre su persiana aunque las cuentas no cierren. Lo juega el emprendedor que vuelve a empezar después de cada caída. Lo juega el productor después del granizo o la helada, el docente, el médico, el camionero, el jubilado que nunca dejó de pelear por su dignidad.

Porque la Argentina también perdía más de dos a cero.

Nos hicieron creer que la corrupción no existía mientras guardaban dólares en bolsos o vestidores. Que la inflación era normal. Que vivir endeudados era parte del paisaje. Que la pobreza era un invento. Que el esfuerzo había dejado de valer porque estaba el Papá Estado.

Pero igual que aquella Selección, este país todavía tiene tiempo.

Y mientras exista un argentino dispuesto a trabajar con honestidad, mientras haya alguien que se levante convencido de que vale la pena hacer las cosas bien, el partido nunca estará perdido.

Porque los milagros no caen del cielo. Los milagros se construyen con coraje cuando nadie apuesta por vos.

La camiseta de la Selección no gana sola.

La celeste y blanca necesita de once jugadores convencidos.

Y la Argentina necesita de millones.

Millones que entiendan que el verdadero rival no está enfrente.

Está adentro.

Se llama corrupción.

Se llama pobreza.

Se llama desempleo.

Se llama inflación.

Se llama resignación.

Y quizás el más peligroso de todos sea esa mentalidad que busca el atajo antes que el esfuerzo.

Los países no se levantan por casualidad. Se levantan cuando una mayoría decide que el sacrificio de hoy vale la grandeza de mañana.

La Selección nos regaló mucho más que una clasificación.

Nos recordó que ningún resultado está escrito antes del último minuto.

Que las derrotas son transitorias cuando hay convicción.

Y que las páginas más gloriosas de la historia siempre empiezan cuando alguien se anima a desafiar lo imposible.

Ojalá entendamos el mensaje ya que justo estamos a las puertas del 9 de julio, el día de nuestra Independencia.

Que cada jornada de trabajo sea nuestro gol.

Que cada acto honesto sea un pase hacia adelante.

Que cada argentino haga su parte sin esperar que la haga el otro.

Porque cuando un pueblo deja de rendirse... no hay crisis que pueda derrotarlo.

Y como en ese partido inolvidable, aparentando los dientes frente a Egipto, quizás un día miremos hacia atrás y descubramos que el verdadero milagro no ocurrió en una cancha.

Ocurrió en todo un país cuando millones de ciudadanos decidieron creer otra vez en nuestra querida República Argentina.