Gobierno y prensa se enfrentan, pero comparten la misma lógica: sin margen para el error, la verdad deja de buscarse y empieza a imponerse.
La escena es súper conocida y casi siempre ocurre en tiempo real. Un funcionario suelta un dato apurado en una entrevista. Una cifra que no cierra, una promesa mal formulada, y en cuestión de minutos se convierte en clip, en titular, en trending topic. Del otro lado, un periodista publica una información con fuentes parciales, todavía en construcción, y el desmentido llega antes de que la nota termine de circular. La respuesta, en los dos casos, no es discutir el dato, sino descalificar y descifrar la intención. Ya no se trata de si lo dicho se ajusta a los hechos, sino de denunciar qué revela ese error sobre la moral de quien lo cometió. Y así, el error, en lugar de abrir preguntas, las clausura.
La paradoja silenciosa en todo esto es innegable. Nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, cada vez hay menos tolerancia al proceso de conocer. La abundancia de datos ha eliminado el derecho a la hipótesis. En ese vértigo, el error dejó de ser una estación del pensamiento crítico para convertirse en una marca de origen. Algo que que se podría resumir así: te equivocaste, ergo sos (eres). Sos culpable, sos operador, sos inútil o sos cómplice.
Y eso corre tanto para el Gobierno como para la prensa, en una danza que no busca entender sino acertar primero. En una sociedad que exige certezas inmediatas, el error dejó de ser un paso hacia la verdad y se convirtió en una prueba de culpabilidad.
En el método científico el error no solo es posible, es necesario. Se formulan conjeturas, se las somete a prueba, se corrigen, se descartan. Nadie cancela a un investigador por una hipótesis fallida. Al contrario, muchas veces es ese desvío el que permite afinar la pregunta.
Pero hoy trasladar esa lógica al espacio público parece un acto de ingenuidad. Porque ahí el error no es un insumo, es un costo. Y el costo se paga caro. Caro en reputación, en legitimidad, en autoridad. Entonces todos juegan a minimizarlo, a esconderlo, a negarlo o, aún más interesante todavía, a encontrarlo en el otro.
El Gobierno vs la prensa, la prensa vs el Gobierno
El Gobierno denuncia a la prensa como mercenaria, interesada, poco rigurosa. La prensa señala al Gobierno como improvisado, dogmático, incapaz de revisar sus propios desaciertos. Ambos discursos tienen algo de cierto y algo de performativo. No solamente describen una realidad. La construyen. Porque en ese ida y vuelta se consolida una lógica donde el error ajeno es siempre prueba de una falla estructural, mientras que el propio error es, en el mejor de los casos, un malentendido.
Lo que se arma es una especie de inmunología cruzada. Cada parte desarrolla anticuerpos contra la otra. Pero en el proceso, como en algunas enfermedades autoinmunes, se dañan las condiciones que hacen posible el conocimiento. Si todo error es sospechoso, entonces nadie puede explorar. Si toda duda es leída como debilidad o mala fe, entonces lo único que queda es la afirmación rotunda. Incluso cuando no hay argumentos con qué sostenerla.
El lenguaje da pistas. Palabras como "operación", "relato", "fake", "ensobrado" ya no funcionan como descripciones, sino como atajos. Son formas de clausurar la conversación antes de que empiece. Si algo es una operación, no hace falta analizarlo. Si alguien está ensobrado, no hace falta escucharlo. Si un dato es "fake", no hace falta refutarlo. Son etiquetas que hacen que la complejidad se convierta en sospecha.
Una sociedad que no tolera el error en la búsqueda de la verdad termina produciendo dos efectos igual de problemáticos. Por un lado, desalienta la investigación genuina, esa que avanza en las penumbras, que prueba y se equivoca. Por el otro, fomenta una certeza artificial, una especie de seguridad discursiva que muchas veces está más cerca de la intuición o del interés que de la evidencia.
¿Qué hacer con los errores?
Tal vez la pregunta no sea cómo lograr que ni el Gobierno ni la prensa se equivoquen, algo imposible, sino qué hacemos, como sociedad, con esos errores. Si los usamos como munición o como material de trabajo. Si leemos los errores como comprobación de culpabilidad o como parte de un proceso en marcha.
Hay algo que no quisiera dejar fuera del foco de esta reflexión. La verdad no suele aparecer de una vez y para siempre. Se construye, se corrige, se discute. Es, en algún sentido, una conversación prolongada en el tiempo. Pero para que esa conversación exista, tiene que haber margen para decir "esto no era así" sin que eso implique quedar expulsado del juego.
Quizás el desafío, si más cultural que político, sea volver a habilitar ese margen de posibilidades. Aceptar que buscar la verdad implica, inevitablemente, equivocarse en el procesos. Y que una sociedad que castiga cada error como si fuera un delito no se vuelve más rigurosa, sino más temerosa.
Al final, la pregunta es incómoda porque no tiene un destinatario claro. No es solo para el Gobierno, ni solo para la prensa. Es también para nosotros, que consumimos, compartimos, reaccionamos. ¿Qué hacemos con el error cuando aparece? ¿Lo usamos para entender mejor o para confirmar lo que ya creíamos?
Es ahí, en esa decisión casi cotidiana, donde se juega algo más profundo que una disputa coyuntural. Se juega la posibilidad misma de que la verdad sea algo más que una mera consigna.

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