Hoy muchos medios -sobre todo los grandes, los que nacen en Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires y después se replican en todo el país- hablan con una liviandad preocupante.
Hay algo que se nos está yendo de las manos en la Argentina: el debate público.
Hoy muchos medios -sobre todo los grandes, los que nacen en Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires y después se replican en todo el país- hablan con una liviandad preocupante. Y a eso se suman portales digitales que se autodenominan "medios", pero que muchas veces repiten consignas sin chequear demasiado.
El resultado es un combo peligroso: política que instala relatos y comunicación que los amplifica.
Y ahí aparecen las falacias. Todo el tiempo.
(Una falacia es un razonamiento incorrecto, engañoso o inválido que, a pesar de parecer convincente o lógico, vulnera las reglas de la argumentación. Se utiliza a menudo para persuadir, manipular o engañar)
Se discute la inflación, por ejemplo, con frases como "todo está peor, el plan fracasó". ¿Basado en qué? Muchas veces en una sensación personal. Eso es una generalización apresurada: lo que pasa en un barrio o en una experiencia individual no necesariamente describe a todo un país.
Con el crecimiento económico pasa algo parecido. Si un indicador mejora, la respuesta automática es: "no se siente en la calle, entonces es mentira". Eso es evidencia anecdótica. La realidad económica no se mide solo con percepciones aisladas.
Y cuando se habla del gasto público, especialmente en educación, salud y lo social, también se simplifica demasiado. Se instala la idea de que "no hay apoyo" o que "se está desfinanciando", cuando los números muestran que el gobierno ha incrementado la proporción del presupuesto destinada a esas áreas. ¿Se puede discutir si alcanza o cómo se distribuye? Claro. Pero negar el dato directamente es otra cosa. Es construir sobre una premisa no verificada o directamente ignorar la evidencia.
El caso Adorni es otro ejemplo claro de cómo se contamina la discusión. Hoy ya hay condenas sociales, mediáticas, editoriales. pero la Justicia todavía está investigando. No hay fallo. Sin embargo, el veredicto parece estar dictado en redes y estudios de TV. Eso es peligroso. Porque reemplaza el debido proceso por la opinión.
Y ahí aparece otra contradicción que expone la doble vara. Algunos dirigentes sindicales y sociales se manifiestan frente a la casa de Adorni, con protestas y ollas populares, en medio de una causa abierta. Pero esos mismos sectores van a la casa de Cristina Fernández, que ya tiene condenas firmes dictadas por decenas de jueces y otras causas en curso, y lo hacen en tono de apoyo, le rezan el rosario y le dedican cantitos de admiración.
Entonces, ¿en qué quedamos? ¿La Justicia vale o no vale? ¿Depende de a quién investigue?
Ese tipo de incoherencias también forman parte del problema. Porque no solo se distorsionan los hechos, sino también los criterios.
Y después están las frases hechas: "todos dicen que esto está mal". Eso es apelación a la mayoría. O el clásico "si esto sigue así, vamos a una crisis total", que es una pendiente resbaladiza sin sustento real.
El problema no es discutir. El problema es discutir mal.
Cuando se reemplazan datos por relatos, cuando se ataca a las personas en lugar de los argumentos, cuando se eligen ejemplos aislados para explicar fenómenos complejos, lo que se genera no es debate: es confusión.
Y una sociedad confundida es mucho más fácil de manipular.
Por eso, en medio de tanto ruido, el desafío es simple pero clave: volver a preguntar, a chequear, a dudar.
Porque si seguimos comprando conclusiones sin mirar cómo están construidas, terminamos viviendo en una Argentina donde todo parece cierto. pero nada está del todo probado.