Analistas La columna de Antonio Ginart

Argentina, 50 años atrapada en su historia

Ahora bien, después de 50 años, uno puede hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿de verdad seguimos en el mismo lugar?

Miercoles, 25 de Marzo de 2026

A 50 años del golpe militar del 24 de marzo de 1976, la Argentina vuelve a hacer lo que mejor le sale: mirarse al espejo. y discutir. Discutir el pasado, discutir los números, discutir los relatos. Y mientras tanto, el presente sigue esperando.

No voy a entrar en esa discusión eterna. Usted ya la conoce. Por un lado, los 30.000 desaparecidos, una cifra sostenida por organismos de derechos humanos como Madres de Plaza de Mayo y Abuelas de Plaza de Mayo, que tiene un valor simbólico frente a un Estado que hizo todo para borrar las huellas. Por el otro, los 8.961 casos documentados por la CONADEP en el informe Nunca Más, que siempre se aclaró fue una lista abierta, incompleta, construida con lo que se pudo reconstruir en democracia. 

Ahora bien, después de 50 años, uno puede hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿de verdad seguimos en el mismo lugar?

Porque mientras discutimos cifras, hay algo que no está en discusión: en la Argentina hubo terrorismo de Estado. Hubo secuestros, torturas, centros clandestinos, desapariciones. Un sistema diseñado para que no queden rastros. Y eso, más allá del número, es lo que debería interpelarnos como sociedad.

Pero el problema es otro. El problema es que no logramos construir una memoria común. No un relato único -eso sería peligroso-, pero sí un piso de acuerdos básicos. Y eso, sinceramente, es un fracaso colectivo.

Porque también es cierto -y hay que decirlo- que en estos 50 años hubo sectores que hicieron un trabajo serio para juzgar a los responsables. Y también hubo otros que se subieron al lugar de víctimas cuando en algunos casos también habían sido parte de la violencia de esa época.

Y hay otra contradicción que incomoda todavía más: muchos de los que hoy marchan cada 24 de marzo en nombre de la democracia, son los mismos que en otros momentos avalaron o pidieron la caída de gobiernos elegidos por el voto popular. Y algunos de esos mismos sectores miran para otro lado -o directamente apoyan- regímenes autoritarios en países como Cuba, Venezuela, Nicaragua o Irán.

Entonces, ¿de qué memoria estamos hablando?

La memoria no puede ser selectiva. No puede ser cómoda. No puede ser utilizada como herramienta política de un solo lado. Porque cuando eso pasa, deja de ser memoria. y pasa a ser relato.

Y mientras tanto, seguimos divididos. Cincuenta años después, seguimos peleándonos entre argentinos. Seguimos atrapados en una discusión que no termina nunca. Y lo más preocupante: sin haber aprendido lo suficiente.

Porque la enseñanza más importante de esa etapa oscura no es un número. Es entender hasta dónde puede degradarse una sociedad cuando se pierde el respeto por la ley, por la vida y por el otro.

Ahí está la clave.

Como decía José Hernández en el Martín Fierro: "Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera". Y parece mentira que medio siglo después todavía no lo hayamos entendido.

Tal vez ya sea hora de dejar de mirar el pasado como campo de batalla y empezar a usarlo como punto de aprendizaje. Dejar de ver quién tiene razón y empezar a preguntarnos cómo salimos adelante.

Porque si dentro de otros 50 años seguimos discutiendo lo mismo, mientras otros países avanzan, progresan y construyen futuro. entonces el problema no ha sido la historia.

Entonces habrá sido que no supimos aprender de ella.