El presidente Javier Milei tuvo probablemente una de sus mejores semanas en el plano internacional. Su participación en la llamada Argentina Week en Nueva York reunió a parte de su gabinete, gobernadores y empresarios con inversores y referentes financieros.
Hay semanas en las que la agenda parece venir cargada de todo. Conflictos internacionales, gestos políticos, polémicas domésticas y una economía que todavía no termina de acomodarse. Y esta fue, justamente, una de esas semanas.
En el plano internacional, el conflicto entre Israel y Irán -con el respaldo directo de Estados Unidos a los israelíes- ya lleva más de dos semanas de ataques y contraataques. Sobre el papel, muchos analistas sostienen que la capacidad militar iraní quedó seriamente golpeada. Pero en los hechos, el régimen sigue respondiendo.
Los ataques a buques en el estratégico Estrecho de Ormuz continúan, y desde el Líbano el grupo Hezbollah mantiene el lanzamiento de misiles contra territorio israelí. Es decir: nadie puede hablar todavía de un final cercano. Y cuando esa región se tensiona, el mundo entero se pone en alerta. Energía, comercio y seguridad global pasan por esa parte del mundo.
Mientras tanto, en paralelo, el presidente Javier Milei tuvo probablemente una de sus mejores semanas en el plano internacional. Su participación en la llamada Argentina Week en Nueva York reunió a parte de su gabinete, gobernadores y empresarios con inversores y referentes financieros. Fue, al menos desde lo simbólico, una señal de apertura y de intento de reconectar al país con el mundo de los negocios.
Pero en política, ya se sabe, un paso en falso puede opacar lo positivo.
La decisión del vocero presidencial Manuel Adorni de incluir a su esposa en el vuelo del avión presidencial generó ruido inmediato. No tanto por el hecho en sí, sino por el contraste con años de críticas a esos privilegios cuando estaban en la oposición. En política la coherencia pesa. Y mucho.
El propio Adorni terminó reconociendo que fue "desafortunada" la situación y también una frase que utilizó, eso de "deslomarse trabajando". El gobierno salió a respaldarlo, pero las explicaciones todavía no convencen del todo.
Al mismo tiempo, el discurso del presidente contra los "empresarios prebendarios" tampoco cayó bien en algunos sectores industriales. Es cierto: hubo compañías que durante años hicieron negocios enormes al calor del Estado. Pero también es cierto que hoy muchas empresas están cerrando o achicándose, y cada cierre implica trabajadores que quedan en la calle.
Ese es, quizás, uno de los dilemas más complejos de este momento: limpiar los privilegios del sistema sin que el proceso se lleve puesto al aparato productivo.
En el fútbol argentino tampoco faltaron escenas conocidas. Dirigentes de la Asociación del Fútbol Argentino pasaron por tribunales y, como suele ocurrir con ciertos personajes del poder, optaron por presentar escritos sin responder preguntas. Un mecanismo legal, sí. Pero que para muchos ciudadanos vuelve a dejar la sensación de que hay argentinos más iguales que otros.
Y en el fondo de todo, siempre aparece la misma pregunta: la economía. La inflación sigue siendo el gran interrogante. El ministro Luis Caputo insiste en que estamos en pleno proceso de reacomodamiento de precios. El gobierno apuesta a que en la segunda mitad del año la inflación pueda perforar el 1% mensual.
El problema es que, por ahora, esa meta todavía no se ve clara. Tampoco aparece una baja significativa de impuestos o tasas que permita impulsar la actividad económica.
La sociedad, es cierto, sigue aguantando. Hay una parte importante que entiende que el ajuste era inevitable después de años de desorden.
La pregunta, la verdadera pregunta, es otra.
¿Hasta cuándo alcanza esa paciencia? Y si la recuperación tarda más de lo esperado. cuánto margen político queda para sostenerla.