No es sensación térmica del bolsillo: es el ticket. Y la pregunta es directa: ¿qué está empujando estos aumentos?
Hay algo que todos estamos viendo cuando vamos al súper, al mayorista o a la farmacia: los precios de la canasta básica, de los productos de higiene y de limpieza están pegando saltos que no cierran por ningún lado. No es sensación térmica del bolsillo: es el ticket. Y la pregunta es directa: ¿qué está empujando estos aumentos?
Si uno repasa las variables clásicas, no encuentra una explicación lineal. Las paritarias de comercio -uno de los gremios más grandes del país- vienen cerrando acuerdos que en muchos casos rondaron entre el 10% y el 15% acumulado en los últimos tramos, con sumas escalonadas. Impacta, claro que sí. Pero no explica remarcaciones de productos que suben 30%, 40%, 50% y hasta 75% en pocas semanas.
Tampoco cierra del todo por el lado de los servicios públicos. Hubo actualizaciones: luz, gas, combustibles y transporte tuvieron ajustes, en general en franjas del 5 al 20% según rubro y región. Eso influye en la logística y en la estructura de costos. Pero no alcanza para justificar subas tan bruscas en alimentos envasados, artículos de tocador o productos de limpieza, donde el peso de la energía es parcial, no decisivo.
Sumemos otro dato que durante años fue la excusa automática: el dólar. Subía el dólar, subían los precios. Era casi reflejo condicionado. Hoy la cotización se ha movido con mucha más estabilidad relativa, sin saltos violentos recientes que expliquen esta nueva ola de aumentos. O sea, esa justificación -por ahora- tampoco encaja.
¿Los impuestos? Ahí sí hay un componente más concreto. Tasas municipales y tributos provinciales tuvieron retoques importantes en muchas jurisdicciones, con subas interanuales que van del 25% al 60% en distintos conceptos: comercio, habilitaciones, Ingresos Brutos, logística urbana. Eso presiona. Pero incluso sumando ese factor, la cuenta sigue sin cerrar frente a aumentos extremos de góndola.
Y agreguemos otro elemento que rompe todavía más el argumento de los aumentos: hoy hay más marcas y más productos importados entrando al mercado. En varios rubros -alimentos, limpieza, perfumería- empezó a verse mayor competencia externa. En teoría, más oferta debería ayudar a contener precios, no a dispararlos. Cuando entran nuevos jugadores, lo lógico es que haya pelea por precio y por cliente. Sin embargo, en muchos casos los valores siguen subiendo igual.
Encima, las ventas están cayendo en términos reales. Distintas mediciones de consumo masivo muestran bajas de volumen de entre el 5% y el 12% interanual en varios segmentos. Es decir, no hay una demanda recalentada empujando aumentos. Hay menos unidades vendidas. Menos rotación.
Entonces aparece la parte incómoda del análisis. ¿Estamos frente a una remarcación preventiva permanente? ¿A una vieja costumbre de cubrirse de más? ¿O directamente a sectores concentrados que no quieren resignar margen y trasladan cualquier ajuste -real o supuesto- directo al consumidor?
En mercados donde pocos compran mucho y negocian con productores chicos, el poder de fijar condiciones existe. Y cuando ese poder se usa sin competencia efectiva, el precio deja de ser costo más margen razonable y pasa a ser margen más oportunidad.
El problema es que el bolsillo ya no tiene margen. Sin consumo no hay recuperación. Y con precios desalineados de los costos reales, la confianza también entra en liquidación. La pregunta es quién corrige primero. Porque así, claramente, no cierra.