Argentina Historia de vida

El último telón del creador de las "tres empanadas"

Luis Brandoni falleció a los 86 años.

Lunes, 20 de Abril de 2026

En las calles empedradas de Dock Sud, un chico que descubrió que podía ser muchos hombres a la vez. Mientras los demás jugaban en la vereda de los años cuarenta, el pequeño Beto armaba teatritos de títeres en el living de su casa. Todavía no lo sabía, pero estaba ensayando el truco de magia más largo de su vida: prestarnos sus caras durante más de sesenta años.

Beto creció y entendió que no quería ser un héroe inalcanzable de capa y espada. Él quería ser nosotros. Quería encarnar al tipo común, al porteño chanta pero querible, al padre de familia abrumado, al cuñado insoportable, al amigo incondicional. Y lo logró. Se subió a los escenarios, se metió en los cines y atravesó la pantalla del televisor hasta que su voz, con ese tono inconfundible y un poco cascarrabias, se volvió parte de la banda sonora de nuestras mesas de domingo.

Pero como en todo buen cuento, también hubo tiempos oscuros y apareció el peligro. Cuando las sombras y la violencia cubrieron el país en los años setenta, Beto, que no solo actuaba sino que creía fervientemente en la libertad y la política, tuvo que armar las valijas. Las amenazas lo empujaron al exilio en México, lejos de su público y de sus esquinas.

Sin embargo, ese exilio fue solo un intermedio oscuro en su obra. Volvió con la luz de la democracia, trayendo consigo las ganas intactas de pelear por sus ideales. Se animó a caminar los pasillos del Congreso como diputado y a discutir apasionadamente en la plaza pública, defendiendo sus convicciones con la misma sangre que le ponía a un monólogo teatral.

Nos hizo un nudo en la garganta en La tregua y nos hizo llorar de risa buscando a Mamá Cora, regalándonos frases que hoy repetimos como contraseñas secretas entre argentinos. Alguien dice "tres empanadas" y todos, mágicamente, sabemos de qué estamos hablando. Fue Antonio, fue Roberto Cantalapiedra, y fue el viejo mañoso que se dio el gusto de caminar por Buenos Aires junto a Robert De Niro.

Hasta que un lunes de abril, cuando el otoño porteño ya empezaba a teñir las calles de amarillo, Beto sintió que la función había terminado. Se bajó el telón de manera silenciosa, tras un tropiezo en su propia casa. El teatro pareció quedarse a oscuras por un instante, pero enseguida estalló en el aplauso más largo y triste de todos.

Aunque en realidad, Beto no se fue del todo. Los que saben contar historias nunca desaparecen. Se quedó a vivir para siempre en las cintas de celuloide, en las repeticiones de la tele y en la memoria de un país que, cada vez que necesite mirarse al espejo para entender quién es, va a volver a buscar su mirada pícara.