Tomás dejó su pueblo para ir a Córdoba capital a estudiar y ahí conocio al amor de su vida.
En 1990, con apenas 18 años, Tomás dejó su pueblo para empezar una nueva vida en Córdoba capital. Llevaba en la mochila más ilusiones que certezas. El viaje en micro era el primer paso hacia esa aventura que imaginaba grande, desafiante, casi épica. Pero lo que no sabía era que la verdadera historia iba a comenzar antes de llegar.
Apenas se sentó, la vio. A su lado viajaba Carla, de ojos azul pálido y una calma que contrastaba con el torbellino que se desató en él. Bastó una mirada fugaz y ese perfume suave para que algo cambiara.
"¡Me quería morir! No sabía cómo iba a aguantar todo el viaje sin que se notara lo nervioso que estaba".
Intentó disimular. Sacó un libro de Ken Follett, uno de esos que solía devorar sin esfuerzo. Pero esa vez las palabras no tenían sentido. Las hojas pasaban, pero él no leía. Sentía su presencia demasiado cerca. Entonces notó que ella miraba la portada. Era la excusa perfecta para hablarle, pero el miedo le ganó.
Carla sacó un walkman Sony negro, pequeño, prolijo. Colocó un cassette de Soda Stereo. Tomás reconoció el gesto, la música, todo.
"En la ciudad de la furia era el segundo tema del lado A. Me dije que era el momento ideal para hablarle. pero no pude".
El viaje avanzaba y él seguía en silencio, atrapado entre las ganas de hablar y el miedo a hacerlo. Hasta que, de repente, pasó lo inesperado: ella rompió el hielo.
"Me llamo Carla. ¿Querés una?", le dijo, ofreciéndole una galletita.
Tomás, paralizado, respondió casi sin voz: "No, gracias". Y en ese instante sintió que había desperdiciado algo irrepetible.
El viaje terminó y con él, lo que creyó que sería su única oportunidad. Llegó a la residencia universitaria frustrado, repitiéndose una y otra vez lo mismo.
"¿No gracias? ¡Cómo pude ser tan tonto!".
Pero la historia no había terminado. Apenas una hora después, en la sala común, sintió una mano en el brazo.
"¡Nos conocemos!".
Se dio vuelta y ahí estaba ella otra vez. La misma sonrisa, la misma mirada.
"Del micro, ¿no?", alcanzó a decir él.
Hablaron unos minutos. Nada extraordinario. Nada a la altura de lo que él sentía. Ella se fue hacia la biblioteca. Él, otra vez, eligió el silencio.
"Un reverendo imbécil", recuerda hoy entre risas. "Ahí entendí que era amor a primera vista. Nunca me había pasado algo así".
Días después, lograron acercarse un poco más. Carla aceptó compartir tiempo con él, sin imaginar lo que pasaba por su cabeza. Tomás no dormía. No podía sostener esa cercanía sin decir lo que le pasaba.
"No podía seguir así. Estaba muerto por ella".
Entonces tomó una decisión. En una caminata por la peatonal de Córdoba, se detuvo, la miró, intentó hablar. y otra vez el silencio. Pero esta vez hizo algo distinto: se acercó y la besó.
Y ella respondió.
"Y así empezó mi historia de amor".
Más de treinta años después, Tomás lo cuenta con la misma emoción. Carla sigue a su lado.
"Es mi mujer, la madre de mis hijos y el amor de mi vida. Nunca volví a sentir algo así con nadie".