Esteban Tries recuerda sus días en Malvinas y cuando desobedeció a un sargento para salvarle la vida.
La Guerra de Malvinas dejó miles de historias. Algunas quedaron escritas, otras viven en la memoria de quienes estuvieron ahí. Historias de dolor, de coraje, de decisiones tomadas en segundos que cambian una vida para siempre. La de Esteban Tries es una de ellas.
Tenía 20 años cuando volvió a ponerse el uniforme. Ya había terminado el servicio militar en 1981, pero en abril de 1982 un telegrama llegó a su casa. No había mucho que pensar: había que regresar. En el Regimiento de Infantería Mecanizado 3, en La Tablada, los reunieron a todos. Eran 150. Un comandante hizo una sola pregunta: quién no quería ir. Solo dos levantaron la mano.
Treinta minutos después, estaban viajando hacia el sur. Al día siguiente, el 11 de abril, ya estaban en las islas.
Pero la historia de Esteban no se define por ese viaje, sino por una decisión.
Una noche, en medio del combate, el sargento Manuel Ángel Villegas cayó herido. Una bala le había atravesado el estómago. Estaban bajo fuego británico, rodeados, sin margen de error. En ese contexto, Villegas le dijo algo que todavía resuena: "Dejame morir, pegame un tiro y hacete cargo del grupo".
Esteban hizo lo contrario.
Junto a otro compañero, Serrizuela, lo cargaron y lo sacaron de la línea de fuego. Desobedeció una orden. Desobedeció la lógica militar. Eligió otra cosa.
Eligió salvarlo.
"Ahí apareció lo que yo llamo liderazgo adquirido", recordaría años después. "Tuve que decidir si obedecía al sistema o si sentía. Y cuando obedecés al corazón, empezás a vivir de otra manera".
Villegas sobrevivió. Y ese gesto los unió para siempre.
Desde entonces, ya no fueron solo compañeros de guerra. Fueron hermanos de la vida.
El momento más duro llegó entre la noche del 13 y la madrugada del 14 de junio de 1982, en el Monte William, horas antes del final del conflicto. La brigada de Esteban sufrió bajas y heridos en medio de una batalla feroz. Pero lo que más lo marcó no fue solo el combate, sino la sensación de abandono.
"La peor derrota fue logística", diría. Radios sin pilas, órdenes que no llegaban, tropas que se replegaban sin aviso. Cuando llegaron a la zona donde debían apoyar a otros batallones, ya no había argentinos. Solo enemigos.
Estaban rodeados y no lo sabían.
La noche era cerrada. Apenas se veían sombras. No podían disparar con claridad. El ruido de las balas, el miedo constante, la desorientación total. En ese caos, cada uno hacía lo que podía, lo que sentía.
El combate fue largo. Interminable.
En medio de ese infierno, Esteban también resultó herido. Pero siguió. Porque en la guerra, detenerse no siempre es una opción.
Décadas después, el tiempo no borró nada. Pero sí le dio sentido. Volvió a encontrarse con Villegas, y ese vínculo se mantuvo intacto, con la fuerza de quienes compartieron lo peor y lograron sobrevivir.
"Nunca nos fuimos de Argentina", repite, con la convicción intacta.
Su historia no habla solo de la guerra. Habla de decisiones. De coraje. De humanidad en el momento menos humano posible.
Porque a veces, en medio del horror, lo que define a una persona no es la orden que recibe. sino la que decide desobedecer.