Argentina Historia de vida

No tenía dueño, pero tuvo una misión: la historia del perro héroe de Malvinas

Se subió a un traslado militar sin ser visto y terminó convertido en un símbolo dentro del frente de batalla. 

Jueves, 2 de Abril de 2026

Hay historias de la Guerra de Malvinas que no aparecen en los libros ni en los partes oficiales. Son relatos que viven en la memoria, en los detalles más pequeños, en esos gestos que ayudaron a resistir cuando todo parecía romperse. Entre ellas, hay una que no tiene uniforme ni rango, pero sí un nombre que quedó para siempre: Mortero.

Nadie sabe de dónde vino. No tenía dueño, ni pasado conocido. Era un perro mestizo, grande, de pelaje marrón amarillento, que un día encontró su lugar en el Regimiento de Infantería 8, en Comodoro Rivadavia. Allí lo adoptó el cabo primero Víctor Alberto Funes, y sin darse cuenta, empezó a formar parte de la rutina de los soldados. Caminaba con ellos, acompañaba los relevos y siempre estaba cerca, como si entendiera que ese era su lugar.

El 2 de abril de 1982, cuando la unidad fue convocada para viajar a las islas, Mortero también partió. Nadie lo subió. Nadie lo llamó. Simplemente se metió en un camión que luego fue cargado en un avión. Recién en pleno vuelo descubrieron que estaba ahí. Ya era tarde para bajarlo. Sin saberlo, acababa de entrar en la guerra.

En las islas hizo lo único que sabía hacer: quedarse. Acompañó a los soldados en cada traslado, ya fuera en barco, helicóptero o camión. Caminó con ellos bajo el viento helado, durmió en los pozos para compartir el calor en medio del frío extremo y participó de patrullas que podían durar hasta diez días. No se separaba nunca.

Pero su presencia iba más allá de la compañía. Muchos recuerdan que, cuando algo estaba por pasar, Mortero lo sabía antes que nadie. Se paraba sobre una piedra y aullaba ante la cercanía de ataques. Otras veces, miraba fijo al cielo, anticipando helicópteros que aún no se veían. Incluso cruzaba campos minados junto a la tropa y los acompañaba hasta el límite de las primeras líneas. Allí se detenía, los miraba alejarse y esperaba.

Y cuando regresaban, él estaba ahí.

Movía la cola con una energía que contrastaba con el desgaste de los soldados. Volvía a cruzar el campo minado, una y otra vez, como si el peligro no existiera. Para ellos, ya no era un animal. Era uno más.

Durante 74 días, Mortero compartió la vida en el frente. Y cuando la guerra terminó, también compartió el destino de los suyos: fue tomado prisionero. En el buque británico Norland protagonizó una escena que quedó grabada para siempre. Después de orinar en una alfombra, los ingleses quisieron dejarlo. Pero los soldados argentinos se plantaron. "Tiren a un soldado, pero no a Mortero", dijeron. No era negociable. Finalmente, lo dejaron viajar con la condición de que no causara problemas.

Volvió al continente junto a ellos. Volvió vivo.

Después de la guerra regresó al regimiento, ese lugar que había elegido como hogar. Tiempo más tarde fue adoptado por la familia de un oficial. Murió de viejo, en paz, lejos del ruido de los combates, rodeado de afecto en Comodoro Rivadavia.

Hoy, su historia sigue presente. Tiene su espacio en la sala histórica del regimiento, fue inmortalizado en una estatua y su nombre forma parte de esas memorias que no se borran.

Porque Mortero no entendía de banderas ni de conflictos. Pero entendía algo esencial: la lealtad. Y en medio de una guerra donde todo parecía perdido, nunca -ni una sola vez- dejó solos a los suyos.