Argentina Historia de vida

De enfermera en Malvinas a historia de amor: la vida que nació en medio de la guerra

Graciela Lo Russo tenía 17 años cuando empezó a atender heridos de la Guerra de Malvinas en Campo de Mayo.

Jueves, 2 de Abril de 2026

Graciela Lo Russo tenía apenas 16 años cuando tomó una decisión que, sin saberlo, la iba a marcar para siempre. No había guerra todavía, ni escenas de urgencia, ni soldados heridos llenando salas. Había, en cambio, una oportunidad inédita y una intuición que le latía fuerte en el pecho.

Crecida en Morón, se anotó en 1981 en la primera convocatoria del Ejército Argentino para formar mujeres como enfermeras. Lo hizo con ilusión, con esa mezcla de curiosidad y valentía que solo se tiene a esa edad. Aprobó el ingreso y esperó. Meses después, en febrero de 1982, llegó la confirmación: debía presentarse el 15 de abril en Campo de Mayo. Su vida empezaba a tomar forma.

Pero el destino tenía otros planes.

El 2 de abril de 1982, todo cambió con el inicio de la Guerra de Malvinas. Lo que hasta entonces era formación se transformó en urgencia real. El aprendizaje dejó de ser teórico: ahora había dolor, sangre, cuerpos atravesados por la guerra.

Graciela empezó a trabajar en el área de traumatología del Hospital Militar de Campo de Mayo. Sus días se llenaron de tareas intensas: tomar signos vitales, asistir en curaciones, preparar materiales, acompañar a médicos. Pero también de algo mucho más profundo: mirar de frente el sufrimiento.

Los soldados que llegaban tenían su misma edad.

Eran chicos de 18 años, con historias truncadas por la guerra. Algunos con heridas de bala, otros con esquirlas, muchos amputados. Entre ellos estaba Julio Ruggiero, un joven de San Isidro que había perdido una pierna y enfrentaba un largo proceso de recuperación. En ese momento, era un paciente más. Uno entre tantos

Pero no sería así por mucho tiempo.

Graciela fue testigo de escenas que la marcaron para siempre. Como aquella curación en la que a un soldado debieron injertarle piel de su propia espalda para reconstruir la pierna. La medicina avanzaba en medio de la incertidumbre, y el dolor era parte de cada decisión. También había lugar para lo inesperado: bromas entre soldados, pequeños gestos de humor que funcionaban como refugio frente al horror cotidiano.

El hospital no era solo un lugar de trabajo. Era un espacio donde nacían vínculos. Las jóvenes aspirantes acompañaban a los soldados que no tenían familia cerca, escribían cartas, hacían llamados. Eran enfermeras, pero también sostén emocional.

Y en ese contexto, algo empezó a cambiar.

Meses después del fin de la guerra, cuando la intensidad bajó y las salas comenzaron a vaciarse, Julio volvió a aparecer en la vida de Graciela. Ya no como paciente, sino como alguien que quería conocerla fuera del hospital. Le pidió a una compañera que los presentara. Ella aceptó.

Se encontraron un miércoles.

Tenían la tarde libre. Él la pasó a buscar en auto. La invitó a bailar. Para Graciela, que tenía apenas 17 años, era toda una aventura. Salir sola, de noche, lejos de casa. Fueron a un boliche llamado Cadalso. La escena parecía sacada de otra vida, completamente distinta a la que habían compartido entre camillas y vendajes. Pero ahí, entre música y risas, empezó otra historia.

Julio había pasado nueve meses internado. Su recuperación había sido dura, pero también tuvo momentos de luz. Uno de ellos quedó grabado en la memoria de todos: cuando Palito Ortega fue a cantarle el "Feliz Cumpleaños", en una iniciativa impulsada por la empresaria Amalia Lacroze de Fortabat. Por un rato, la guerra quedó afuera.

La relación entre Graciela y Julio creció paso a paso, sostenida en una experiencia única, atravesada por el dolor pero también por la empatía y la cercanía. A fines de 1982, ella terminó su formación y egresó como Cabo en comisión y auxiliar de enfermería. Al año siguiente, fue destinada nuevamente a Campo de Mayo, donde trabajó en terapia intensiva.

Pero también había encontrado, en medio del caos, algo que no estaba en ningún plan: una historia que empezaba con la guerra. y que terminaría convirtiéndose en una vida compartida.