La mujer sufrió un cáncer de médula a los 26 años que le quitó la sensibilidad en las piernas. "Apenas puedo mover un dedo".
La vida de Laura Scianca cambió para siempre hace once años, aunque en el fondo ella siente que todo empezó mucho antes. Desde los siete años convivía con un presentimiento oscuro, como si algo malo fuera a suceder. Y sucedió. Su hermano fue asesinado en un hecho de inseguridad, en la puerta de su casa, cuando un ladrón quiso robarle la moto. Ese episodio quebró a toda la familia. La tristeza se instaló en el hogar y su mamá atravesó profundas depresiones. En ese contexto creció Laura: entre el dolor, el silencio y la necesidad de seguir adelante.
Con el paso del tiempo, esa niña se convirtió en una joven con sueños propios. Eligió estudiar puericultura y, a los 26 años, cuando empezaba a dar sus primeros pasos profesionales, la vida volvió a golpearla con una fuerza inesperada. Le diagnosticaron un cáncer de médula. Fue el inicio de una batalla brutal: una cirugía de ocho horas, radioterapia y un año entero internada, sin poder levantarse de la cama.
Su cumpleaños número 27 la encontró en esa situación extrema. Postrada, usando pañales y con una sensación extraña en las piernas que no lograba comprender. Todo lo que había sido su vida hasta entonces parecía desmoronarse. Antes de la enfermedad, Laura era una chica activa, alegre, amante del baile. Salía con amigas a boliches de bachata y salsa, disfrutaba del movimiento, de la música, de la libertad. De pronto, el futuro se reducía a una posibilidad que no podía aceptar: una silla de ruedas.
Durante la recuperación, cuando apenas lograba mover un dedo del pie, le preguntó a su médico si volvería a caminar. La respuesta fue tan desconcertante como reveladora: "Vas a ser feliz". En ese momento no lo entendió. Recién muchos años después pudo encontrarle sentido.
Superar el cáncer no fue el final, sino el comienzo de otra lucha. La rehabilitación trajo consigo una realidad difícil de asumir. La silla de ruedas apareció como una herramienta necesaria, pero también como un símbolo que rechazaba. Durante mucho tiempo se aferró a la esperanza de volver a caminar. Hasta que, con terapia y años de proceso interno, logró aceptar que su vida iba a ser distinta. Y recién entonces empezó a reconstruirse.
Hoy, Laura vive sola, en su propio departamento, adaptado para su movilidad. Se maneja con independencia y encara cada desafío cotidiano con determinación. Desde sus redes sociales, comparte su historia sin filtros. Busca generar identificación, derribar prejuicios y demostrar que sí se puede seguir adelante, incluso cuando todo parece perdido.
Durante mucho tiempo eligió el silencio. Ahora encontró en la palabra -y en cada video que publica- una forma de darle sentido a lo vivido. Responde preguntas que muchos no se animan a hacer, incluso las más incómodas, como las relacionadas con la sexualidad y la discapacidad. Entiende que visibilizar también es educar.
En medio de su internación, incluso, hubo lugar para el amor. Se enamoró de un camillero del sanatorio y esa relación le devolvió algo esencial: la conexión con la vida. Fue, como ella misma lo define, "una segunda primera vez", un proceso de redescubrimiento en todos los sentidos.
Laura también volvió a trabajar, a enseñar, a crear. Da talleres de dibujo y pintura en un centro cultural y, en un gesto que resume su espíritu, se animó incluso a volver a bailar. Bajarse de la silla, moverse en el suelo, sentirse libre otra vez. Por un instante, volver a ser -y al mismo tiempo, ser alguien nuevo.
Pero la realidad no siempre acompaña. Las calles no están preparadas, los obstáculos son constantes y la accesibilidad sigue siendo una deuda. Aun así, ella insiste. Porque entendió algo fundamental: muchas de las limitaciones no estaban en su cuerpo, sino en su cabeza.
En ese camino también encontró apoyo en personas que atraviesan experiencias similares, como Lucas Poggi, atleta paralímpico que sueña con competir en Los Ángeles 2028. Con él comparte no solo una amistad, sino una comprensión profunda de lo que implica reconstruirse desde otro lugar.
Laura sueña. A veces se ve caminando. Otras, ya se reconoce en su silla de ruedas, sin conflicto. Ese cambio interno es, quizás, su mayor logro.
"Hace once años la vida me sentó y tuve que aprender a rodar", escribió en una de sus publicaciones. Y en esa frase se resume todo: la caída, la adaptación, el aprendizaje y la decisión de seguir.
Hoy, su historia no está marcada por los límites, sino por la forma en que eligió enfrentarlos. Sin certezas absolutas, pero con una convicción firme: la vida, incluso en sus formas más inesperadas, siempre encuentra la manera de seguir.