Argentina Historia de vida

La historia de la mujer que rescata colibríes y los devuelve al cielo

Mónica Campani tiene 66 años y vive en Gonnet, en las afueras de La Plata, al ritmo de sus colibríes, con una rutina diaria condicionada por lo que las aves necesitan.

Lunes, 9 de Marzo de 2026

Es un sábado por la noche de noviembre de 2025 cuando un Cabify se detiene frente a una casa de ladrillos a la vista y portón de madera en Gonnet, en las afueras de La Plata. El viaje llegó desde José C. Paz, a casi 100 kilómetros de distancia, y costó alrededor de 100 mil pesos. Pero el objetivo del traslado lo justifica todo: dentro del auto viaja algo extremadamente frágil.

Se trata de un pichón de colibrí que cayó de su nido durante una poda. El animal mide apenas dos centímetros y pesa menos de un gramo.

Quien lo espera del otro lado de la puerta es Mónica Campani, una clarinetista jubilada de 66 años que, desde hace tiempo, dedica su vida a rescatar, cuidar y rehabilitar colibríes heridos o caídos para que puedan volver a volar.

Su casa es mucho más que un hogar. Es el Santuario Colibríes Huérfanos, un lugar donde decenas de estas diminutas aves ya lograron recuperarse y regresar a la naturaleza.

"Esto es muy demandante. Tenés que atenderlos todo el tiempo, cada 15 o 20 minutos", cuenta Mónica sobre la rutina que comparte con los pequeños pájaros.

La vivienda tiene un jardín delantero amplio y verde. En el interior hay un comedor unido a la cocina, un baño y dos habitaciones. Pero en realidad toda la casa funciona como santuario. En una tarde calurosa de enero de 2026, cuatro colibríes están alojados allí.

Tres permanecen en cajas de cartón ubicadas cerca de ventanas, mientras que otro se encuentra en la voladera, una estructura más grande donde practican el aleteo antes de su liberación.

Mientras Mónica habla, el aire se llena de un sonido particular: pequeños zumbidos que provienen de los rápidos aleteos de los colibríes. Ese murmullo es parte del paisaje cotidiano de la casa.

Su amor por los animales comenzó cuando era muy chica.

"A los cinco o seis años ya levantaba perros sarnosos de la calle y los llevaba a casa", recuerda.

Sus padres la acompañaban en esa misión. Su padre preparaba ungüentos para curar heridas y su madre se encargaba de bañarlos y alimentarlos.

"Yo no dormía con ositos de peluche, dormía con perritos", cuenta.

Durante años su vínculo con los animales estuvo centrado en perros y gatos. Pero la relación con las aves llegó en un momento muy particular de su vida.

En 2006, a Mónica le diagnosticaron cáncer de mama con metástasis en la axila. Tras un largo tratamiento, un día encontró en su patio una pequeña torcaza que había caído de un árbol.

"Te cambia el mundo encontrar un ave, criarla, recuperarla y liberarla. Son perfectas", dice.

Ese encuentro marcó el comienzo de su camino como rescatista de aves. Años después, en 2018, el cáncer regresó y, en medio de un nuevo tratamiento, comenzó su dedicación especial por los colibríes.

Desde entonces se formó leyendo investigaciones, contactando especialistas y aprendiendo de referentes como los cuidadores del Jardín de los Picaflores de Puerto Iguazú y de santuarios en México.

Con donaciones y esfuerzo personal fue construyendo el pequeño santuario que hoy funciona en su casa.

La vida de Mónica está completamente sincronizada con la de los colibríes.

Se levanta con el amanecer para prepararles alimento, una fórmula que imita el néctar de las flores. Lleva agua, azúcar, vitaminas y proteínas. También incluye mosquitas de la fruta, que ella misma captura para aportar proteínas a la dieta.

A lo largo del día repite la rutina varias veces: alimentarlos, limpiar sus cajas, observar su evolución y ayudarlos a entrenar para el vuelo.

Cuando empieza a anochecer, los colibríes entran en torpor, una especie de hibernación en la que reducen su actividad para ahorrar energía. Entonces Mónica tapa las cajas para evitar la luz artificial.

"Yo tengo la vida de ellos", resume.

En una carpeta guarda la historia clínica de cada uno de los pájaros que pasan por su casa. Allí anota cuándo llegaron, quién los encontró, cómo evolucionan y cuándo finalmente vuelan libres.

Los colibríes que hoy están en su hogar tienen nombres inspirados en el cielo: Luna, Venus, Orión y Júpiter.

Este último es justamente el pequeño pichón que llegó desde José C. Paz en aquel Cabify. Lleva más de 70 días de cuidados y aún es muy pequeño.

En su registro, Mónica anotó frases que reflejan cada avance del diminuto paciente: "come bien", "aletea", "sus alas están más largas". Pero también dejó escrito su mayor preocupación: "Estoy preocupada por mi bebé. No vuela".

Los colibríes suelen liberarse entre los 21 y 28 días si logran alimentarse solos, volar y cazar insectos. Con Júpiter, el proceso está siendo más lento.

Aun así, Mónica mantiene la esperanza.

Sabe que cada uno de esos pequeños pájaros llegó a su casa por una razón: porque necesitaba ayuda. Y también sabe que, tarde o temprano, todos comparten el mismo destino Volver al cielo.