Sol no fue la autora original de la idea, pero apenas la escuchó supo que tenía sentido. Dejar un mensaje en ese puente ferroviario que había cruzado tantas veces durante su tratamiento oncológico le parecía una forma simple y poderosa de devolver algo de todo lo que había recibido. No imaginaba que esas palabras, grabadas en una pequeña placa metálica, iban a trascender el Puente Zabala y llegar a miles de personas en redes sociales.
La placa apareció colgada sobre el cruce ferroviario que atraviesa las vías del tren Mitre, a metros de la estación Colegiales. Allí quedó el mensaje que resume un recorrido de dolor, esperanza y reconstrucción personal. La imagen comenzó a circular cuando una usuaria de X compartió la foto. En cuestión de horas, la historia de Sol dejó de ser íntima y se volvió colectiva.
Detrás de ese mensaje está Sol Díaz Pugh, de 44 años, nacida y criada en Gaiman, una localidad chubutense profundamente ligada a la comunidad galesa. Su vida transcurría con normalidad hasta que, a mediados de 2024, un dolor en el pecho interrumpió su rutina. No era un dolor conocido. No era muscular. Algo no cerraba.
Sol trabajaba en un estudio contable en Trelew cuando decidió ir a una guardia para descartar un problema cardíaco. Los estudios iniciales abrieron un camino inesperado: una tomografía mostró manchas en el mediastino. La derivación a Buenos Aires fue inmediata. El diagnóstico llegó en el Instituto Fleming: linfoma no Hodgkin.
La quimioterapia empezó rápido. Seis ciclos intensos, con internaciones prolongadas y pausas medidas entre cada tratamiento. Al enojo inicial -"¿por qué a mí?"- le siguió un proceso de aceptación lenta. El cuerpo cambió. El pelo comenzó a caer exactamente cuando los médicos lo habían anticipado. Primero intentó disimularlo, luego eligió raparse y, más adelante, usar peluca para no enfrentarse todos los días al reflejo de la enfermedad.
Buenos Aires, tan distante del pueblo del que venía, empezó a volverse un lugar de refugio. La ciudad, el hotel donde se alojaba, la panadería que cuidaba cada detalle de su alimentación, los guardias de seguridad del Fleming que la recibían con preguntas sinceras y celebraban cada avance, las enfermeras que entendían que el cuidado también es humano. Todo fue construyendo una red inesperada.
En ese contexto nació el ritual. Cada vez que cruzaba el Puente Zabala para llegar al centro de salud, Sol pedía un deseo. Esperaba al tren. Saludaba al maquinista. A veces recibía una bocina, otras una luz. Siempre una respuesta. Inspirada en una canción de Andrés Calamaro, ese gesto se convirtió en una forma de avanzar de a un paso, de no pensar más allá del próximo resultado, de sostener la esperanza.
Terminada la primera etapa del tratamiento, los estudios confirmaron que el linfoma ya no estaba. Pero la tranquilidad duró poco. Un nódulo en el pulmón había cambiado. La biopsia reveló un nuevo diagnóstico: mesotelioma maligno. Otra vez empezar. Otra vez el miedo.
La cirugía fue compleja. Perdió un lóbulo del pulmón y un tumor cercano al corazón. Luego vino una quimioterapia adyuvante, más sesiones, más controles. Para atravesarlas, Sol se aferró a pequeños gestos: elegir un outfit distinto para cada visita al hospital, conversar con las enfermeras, mantener su mente ocupada lejos del tratamiento.
El final llegó de manera sencilla. Una consulta. Un "estás sana". Un festejo compartido en una sala de espera con desconocidos que también esperaban buenas noticias. Fue allí donde alguien le sugirió dejar un mensaje en el puente. Multiplicar la esperanza.
La placa se colocó pocos días después, acompañada por amigos. El mensaje quedó ahí, silencioso, hasta que alguien lo fotografió. Desde entonces, Sol recibe mensajes de personas que no conoce, que pasan por el puente, que piden deseos, que agradecen.
En octubre pudo volver a Gaiman. A su casa, a su trabajo, a su gimnasio, a su vida. Hoy viaja periódicamente a Buenos Aires para controles. Cada vez que cruza el puente, mantiene el ritual. Hay un deseo que pide siempre que pasa un tren. Y ahora, también lo piden otros.