Argentina Historia de vida

La historia de la envenenadora de las masitas 

Yiya Murano fue conocida por asesinar a sus amigas mientras tomaban el té.

Jueves, 13 de Noviembre de 2025

Tiene anteojos oscuros y bien grandotes, tan grandes que parecen esconder más de lo que muestran. Frente a las cámaras, con ese aire de diva impostada, Yiya Murano sonríe mientras la locutora anuncia su nombre en la mesa de Mirtha Legrand. 

"La señora Yiya Murano", dice, con esa cadencia solemne que acompaña a las figuras célebres. "Estuvo presa, acusada de envenenar a sus amigas". Yiya suelta una carcajada. El público se tensa, Mirtha arquea las cejas, y el país entero recuerda, una vez más, que frente a ellos no está cualquier invitada: está "la envenenadora de Monserrat".

Nacida bajo el apellido Bolla Aponte, hija de un militar conservador que había apoyado el golpe de 1930, Yiya creció entre rigidez y apariencias. Pero la obediencia nunca fue lo suyo. Quiso ser maestra, pero lo suyo era otra cosa: la vida burguesa, los perfumes caros, los hombres poderosos y, sobre todo, el dinero. Cuando se casó con el abogado Antonio Murano, no solo adoptó su apellido: adoptó también una nueva identidad, una fachada elegante que le permitió moverse con soltura entre quienes tenían lo que ella deseaba.

Detrás de los tapados de piel y las joyas, había una mujer que se reinventaba a sí misma con cada historia. Se decía seductora, encantadora, irresistible. Y en parte lo era: incluso después de salir de prisión, Yiya contó en televisión que había tenido más de 250 amantes, entre deportistas, actores y políticos, y se jactaba de haber conquistado "hasta algún Presidente de la Nación". Con la misma naturalidad con la que relataba sus romances, negaba haber matado a nadie.

Pero la realidad era otra. En 1979, en plena euforia de la "plata dulce", Murano diseñó una de las primeras estafas piramidales que se recuerdan en la Argentina. Convencía a amigas, vecinas y familiares de que le prestaran dinero para invertir. Pagaba a las primeras con lo que recibía de las siguientes, y así el rumor de su "negocio milagroso" se extendía por Monserrat. Hasta que el sistema colapsó. Endeudada, acorralada y sin salida, decidió silenciar a quienes podían delatarla.

Entre febrero y marzo de 1979, tres mujeres murieron tras tomar el té con ella. Nilda Gamba, Lelia "Chicha" Formisano de Ayala y su prima Carmen Zulema "Mema" Venturini. Todas habían comido masas finas, todas habían tomado té, y todas tenían algo en común: le reclamaban dinero. En sus cuerpos, la autopsia reveló rastros de cianuro.

La justicia tardó, pero llegó. En 1985, tras años de idas y vueltas judiciales, Yiya fue condenada a prisión perpetua por estafa y tres homicidios calificados. Pasó trece años en la cárcel, de donde salió en 1995 beneficiada por la ley del "dos por uno". Y fiel a su estilo, celebró el regreso a la libertad enviando cajas de bombones a los jueces que habían firmado su excarcelación.

Murano murió en 2014, a los 83 años, sin haber confesado jamás. Decía que todo era una farsa, una invención mediática. Pero su figura, entre la ironía y el horror, se convirtió en parte de la cultura popular. Fue invitada a programas de televisión, inspiró obras de teatro, documentales y ahora, una serie que rescata su historia.

A diferencia de otras criminales, Yiya supo convertir el estigma en personaje. Jugó con su fama, con su encanto y con el morbo de un país que no deja de mirarse en su espejo oscuro. Porque en el fondo, Yiya Murano no solo envenenó tazas de té: envenenó para siempre la imaginación colectiva de la Argentina.