Cristina Escudero lleva 100 obras hechas, muchas están inspiradas en momentos que vivió, y otras surgen de su imaginación.
En Salsipuedes, entre los cerros de Córdoba y el murmullo del viento serrano, vive Cristina Escudero, una mujer que transformó la oscuridad en luz. Pintora, escritora y docente jubilada, tiene 76 años y una energía que desarma cualquier idea de límite. Cuando el médico le dijo que algún día se quedaría ciega, ella eligió no creerlo. Y cuando ese día finalmente llegó, decidió que no iba a detenerla.
"Yo no podía aceptar que el mundo se me apagara -recuerda-. Tenía cuatro hijos, una vida por delante, y mil ganas de seguir creando". Lo cierto es que el arte siempre había estado ahí: en los repasadores pintados a mano, en los paisajes donde primero dibujó caballos -la gran pasión de su padre- y luego rostros, cuerpos y emociones. Su historia está hecha de pinceladas que no se borran, porque cada una es una forma de resistencia.
Nació en Rosario, fruto del amor adolescente de sus padres. "Mi mamá tenía 16 años y mi papá todavía no había cumplido 18", cuenta. A su padre lo recuerda como su ídolo y su primer maestro: él le enseñó a cantar, a leer, a sentir la música. Pero la muerte lo sorprendió cuando ella tenía apenas cinco años, y desde entonces su vida estuvo marcada por un vacío que el arte intentó llenar. "Crecí con un agujero en el pecho -dice-, pero también con una enorme curiosidad por entender la belleza del mundo".
Esa curiosidad fue su guía. De adulta estudió Bellas Artes, dio clases, formó familia. Y fue entonces, esperando a su cuarto hijo, cuando escuchó la frase que cambió su vida: "Usted en algún momento se va a quedar ciega". Se aferró a la esperanza de que no fuera así. Pero dieciocho años más tarde, el diagnóstico se cumplió. A su lado, su compañero de toda la vida, Omar, le prometió: "Cuando no veas, voy a ser tus ojos".
Y lo fue. Durante años la acompañó a reaprenderlo todo: a caminar, a cocinar, a orientarse en la casa, a confiar otra vez. Hasta que un día, la vida volvió a golpear. Omar murió, y el silencio de su ausencia fue más duro que la oscuridad misma. "No me dolió tanto quedarme ciega como perder a mi compañero", confiesa.
Entonces Cristina decidió hacer lo que mejor sabía: empezar de nuevo. Escuchó en la radio que en su municipio ofrecían un taller de pintura para personas ciegas. Fue, sola. "Me dijeron: 'Ahora no tenés un pincel, tenés diez, uno por cada dedo'". Aprendió a reconocer los colores con el tacto, a mezclar tonos guiándose por la textura y el aroma, a crear desde la memoria. "Los ciegos vemos con las yemas de los dedos -explica-. Yo pinto luz, aunque no la vea".
Hoy tiene más de cien cuadros y tres libros publicados. En sus obras hay mujeres a caballo, parejas que se abrazan en la penumbra, paisajes que solo existen en su imaginación. Sus manos se mueven con precisión sobre el lienzo como si recordaran los contornos del mundo. "No soy copista -dice-. Pinto lo que recuerdo y lo que siento. Mis cuadros hablan".
A veces, cuando termina de escribir o pintar, toca la hoja y descubre que está mojada: son lágrimas, las suyas, mezcladas con tinta o con pintura. "Para mí es importante sentir la vida, no solo vivirla", dice con una sonrisa que se percibe en la voz. En la pared de su casa cuelga uno de sus cuadros favoritos: una mujer que cabalga sobre el agua, mientras el caballo salpica luz. Tal vez sea su propio retrato: una mujer que, incluso en la oscuridad, sigue avanzando hacia la claridad.