Mendoza Editorial

El show antes que el debate

La columna de Antonio Ginart en Mnews Radio, El Observador Mendoza

Viernes, 20 de Febrero de 2026

Ayer en la Cámara de Diputados vimos algo más que una sesión caliente. Vimos, en vivo y en directo, el retrato de una derrota política que algunos no supieron -o no quisieron- digerir.

La discusión era la reforma laboral. Se puede estar a favor o en contra, se pueden plantear objeciones, proponer cambios, defender derechos adquiridos. Eso es la democracia. Ahora bien, lo que no es democrático es intentar sabotear el debate cuando los números no te dan.

Y eso fue lo que pasó.

Desde temprano se sabía que el oficialismo y sus aliados tenían los votos. No era una sorpresa. El kirchnerismo también lo sabía. Y cuando un espacio político percibe que pierde en el tablero parlamentario, tiene dos caminos: argumentar mejor o embarrar la cancha.

Ayer eligieron lo segundo.

Gritos constantes, interrupciones, chicanas de manual, acusaciones grandilocuentes. Y en el momento más bochornoso, la escena de cortar cables, entorpecer el sonido, intentar frenar físicamente el desarrollo normal de la sesión. No fue una metáfora: fue literal. Un papelón institucional. Un delito lisa y llanamente.

La pregunta es inevitable: ¿qué mensaje le dan a la sociedad? Porque mientras millones de argentinos discuten cómo sostener su empleo, cómo generar trabajo formal, cómo salir de la informalidad crónica que dejó años de estancamiento, algunos legisladores decidieron actuar como si el Congreso fuera una asamblea estudiantil sin reglas.

Lo más llamativo no fue la vehemencia. Fue la impotencia. Esa sensación de saber que, esta vez, no alcanzaba con el aparato, con la presión callejera ni con la épica discursiva. Democráticamente estaban perdiendo. Y cuando el tablero marca derrota, la madurez política consiste en aceptarla, dar el debate y prepararse para la próxima votación.

Pero no.

Prefirieron el ruido a la razón. El show a la discusión técnica. La consigna al argumento.

Y, sin embargo, al final del día, fueron los votos los que hablaron. Los números en el tablero terminaron imponiendo silencio. Porque en democracia no gana el que grita más fuerte, gana el que reúne mayorías.

Eso no invalida el derecho a disentir. Todo lo contrario. Una oposición firme y seria es indispensable. Lo que ayer quedó expuesto no fue firmeza, fue desconcierto.

Tal vez el verdadero trasfondo sea más profundo: durante años, el kirchnerismo estuvo acostumbrado a marcar la agenda, a imponer ritmos, a disciplinar. Hoy ya no tiene ese poder. Y adaptarse a un nuevo equilibrio parlamentario requiere algo que ayer escaseó: templanza.

La reforma laboral seguirá su curso, con aciertos y errores que el tiempo dirá. Pero lo que también quedó claro es otra cosa: cuando la política pierde compostura, la sociedad toma nota.

Y la memoria, créanme, suele ser más larga que una sesión.