Mundo Historia de vida

Quería volar: la historia del campeón que eligió ser libre antes que ganar

La historia del campeón olímpico de BMX Freestyle y la crisis que lo alejó del deporte profesional.

Viernes, 9 de Enero de 2026

Iñaki Mazza quería volar. Antes de entender el mundo, ya intuía el equilibrio. Su primer recuerdo de una bicicleta llega a los 3 años, mirando a sus hermanos mayores hacer piruetas a toda velocidad. "Siendo un bebé ya pedía eso", contó alguna vez. La curiosidad se volvió impulso y el amor familiar hizo el resto: con piezas recicladas y ayuda de amigos, sus hermanos le armaron una bici diminuta, un collage imperfecto y mágico. No tuvo rueditas. Nunca las necesitó. Venía, como él dice, con un equilibrio integrado.

El BMX fue su refugio y su escuela. A los 8 años ya competía; a los 10 era profesional. Mientras otros chicos tenían una infancia lineal, la suya fue nómada: 13 escuelas, mudanzas constantes, ninguna pertenencia duradera. La bicicleta llenó esos vacíos. Le permitió viajar, conocer el mundo, educarse de otra manera. Cuando llegaron los contratos con marcas como DC Shoes o Red Bull, también llegó la exposición, pero Iñaki seguía pedaleando como al principio: por diversión. Sonreía en las competencias porque, para él, ganar nunca fue más importante que volar.

Los resultados fueron extraordinarios. En 2017 ganó fechas de la Copa del Mundo BMX Freestyle en Budapest y Edmonton. En 2018 volvió a subirse a lo más alto en Francia y Canadá. Ese mismo año, con apenas 18, conquistó el Oro en los Juegos Olímpicos de la Juventud junto a Agustina Roth. Estaba en la cima. Y, sin embargo, algo empezaba a romperse por dentro.

A los 17, Iñaki comenzó a hacerse preguntas que el ambiente no estaba dispuesto a escuchar. Cuestionó su identidad de género en un mundo atravesado por masculinidades rígidas. El skatepark, antes hogar, se volvió un lugar hostil. Las palabras, las miradas, los silencios lo empujaron al aislamiento. Dejó de sentirse respetado. Dejó de sentirse parte. Y cuando el deporte se volvió serio, competitivo y excluyente, él se sintió un bicho raro.

El golpe más duro llegó cuando una marca le soltó la mano. No por su talento, no por su rendimiento, sino por ser "distinto". Lloró en una reunión con un manager. Lo descartaron por ser raro, por ser queer. "En junio hacen campañas del Orgullo, pero el resto del año son un horror", dijo sin rencor, pero con verdad. La medalla de oro, esa que parecía un sueño cumplido, empezó a pesar como un recuerdo doloroso. Tanto que alguna vez pensó en desprenderse de ella.

Iñaki se fue del circuito profesional, pero no dejó de crear. Encontró refugio en el arte, en la música, en el dibujo, en el cine. Y desde ese lugar empezó a imaginar otro futuro: uno donde nadie tenga que elegir entre ser quien es y hacer lo que ama. Sueña con una fundación artística-deportiva, un espacio de enseñanza de BMX verdaderamente inclusivo. Ya tiene nombre: Yanasus, que en quechua significa amigues. Porque al final, volar nunca fue solo saltar más alto, sino hacerlo siendo uno mismo.